
- Iñigo Herce, periodista
El único elemento con capacidad de transformar realmente el enquistado panorama político vasco es el abandono unilateral e incondicional de la actividad terrorista de ETA. Ni los debates en el seno de la izquierda abertzale que no condena la violencia, ni los documentos resultantes de esos debates anunciando la asunción futura de los principios democráticos son, por sí sólos, suficientes a estas alturas de la película. Ha sido la propia ETA, y quienes desde el ámbito político han unido su suerte a ella, quien durante muchos años ha tejido una madeja que ahora resulta imposible de deshacer. Han construido su propio laberinto del que muchos quieren escapar urgentemente, antes de que sea demasiado tarde.
La soledad con la que han tenido que hacer frente a la presentación en sociedad del documento Zutik Euskal Herria es reveladora. Tan sólo un partido y algunas voces, más a título personal que formal, han tomado con interés y han dado por buenos los postulados que en él se recogen. El resto, ha mirado con escepticismo, desconfianza, desinterés o incredulidad. Fiel reflejo de una sociedad hastiada de anuncios de procesos que luego malogran los de siempre.
Los responsables de la izquierda abertzale no han sido conscientes del cambio que ha vivido la sociedad vasca para con el denominado conflicto. Un cambio del que la propia izquierda abertzale, con los dos procesos de paz abortados en la última década, ha sido agente activo. No hace falta ser un avezado observador para medir la ilusión que generó, por imprevisto, el proceso de Lizarra, o el interés y la expectativa que surgieron tras Anoeta en el proceso labrado mano a mano con el PSE-EE y Zapatero y al que luego se sumó el PNV. Esta vez, el efecto pretendido por la izquierda abertzale con su debate y posterior documento ha tenido un efecto similar al de quien ha construido una habitación insonorizada y luego pretende hacer oír su voz más allá del habitáculo. Puedes gritar todo lo que quieras, pero no sirve de mucho.
El resultante de todo ese cambio silencioso es una sociedad que sólo espera ya el día en el que un portavoz autorizado anuncie el fin a tantos años de muerte, destrucción y dolor inútil. Sin más. El resto –el cambio político– , si tiene que ser, será. Y si no, no será. Pero nadie se rasgará las vestiduras ni en un caso ni en el otro. Eso sí: el nivel de exigencia con todo lo referido a los derechos humanos tiene ya un umbral que muy pocos están dispuestos a rebajar. La sociedad vasca no funciona con ETA en su sistema operativo. En el día a día, se ha hecho real el escenario “post-ETA”.
Nadie, o muy pocos, admiten ya salidas ventajistas. No se acepta un proceso en metamorfosis, que empiece de una manera y devenga en otra muy distinta para acabar siendo algo que no estaba en el guión. Si alguien espera todavía que el árbitro mire para otro lado en el minuto noventa para no pitar un fuera de fuego clamoroso y poder marcar así un gol por la escuadra, está equivocado. El Estado –léase PSOE, PP más todos los poderes que lo integran—se siente seguro y ganador, y sólo podrá aceptar ofrecer alguna contrapartida menor –en ningún caso del calado político que estuvo a punto de fraguarse en Loyola—cuando tenga la cabeza de ETA en una bandeja. Los partidos vascos, la mayoría, no están dispuestos a enredarse en un proceso para salvar la vida a una izquierda abertzale que, si consigue ser rehabilitada, aspirará a recuperar su propio espacio político.
A la izquierda abertzale sólo le queda un camino: o convence a ETA, o corta definitivamente la soga que les ata a la piedra que les hunde hasta el fondo. Como lo segundo es harto improbable –el acto trágico de matar al padre no suele ocurrir muchas veces en la historia–, sólo queda la opción de hacer ver a ETA lo positivo de esta salida. O, más que lo positivo, la probable desaparición paulatina del sangrante costo que su actividad está acarreando a lo largo de los últimos años a su mundo: incremento incesante de presos, algunos con condenas cercanas a la cadena perpetua; sufrimiento para cientos de familiares; detención de sus principales referentes civiles; expulsión de la arena política e institucional, con la merma de poder y dinero, y su inoperancia en la toma de decisiones; extensión de los juicios a ámbitos no directamente relacionados con su propia actividad pero que afectan a muchos ciudadanos.
Y todo ello, con una sociedad vasca que no sólo no se moviliza en solidaridad –salvo por cuestiones puntuales–, sino que incluso legitima con su participación las citas electorales en las que se ejecuta el denostado apartheid.
Llegados a este punto, ¿cómo puede la izquierda abertzale terminar de una forma más o menos ordenada con todo esto? Planteo varios puntos, aunque soy consciente de que se necesitarán muchos más:
-Hacer ver a ETA que se ha terminado. Que si quiere seguir en su camino de lucha armada tendrá que hacerlo en solitario.
-Convencer al Gobierno de que esta vez sí, va en serio, y otorgarle a través de los agentes internacionales que tanto se están esforzando por proclamar la sinceridad de la apuesta, firmes garantías de que la izquierda abertzale no va a apoyar ni amparar la violencia dentro de su acción política.
-Trasladar a los partidos vascos un compromiso para entrar en una mesa multipartita donde cada representante ostentará el poder que le otorguen los ciudadanos, pero donde ninguna organización militar puede tener ningún papel de tutelaje. Ello supone abandonar cualquier intento de enmascaramiento para hacer ver lo que no es. El esfuerzo para recuperar credibilidad tiene que ser importante.
-Ir desactivando poco a poco la frustración política que todo este escenario puede ir acarreando en una base que ha vivido demasiado tiempo en el delirio de quienes pensaron que podrían trastocar el orden de las cosas sólo porque alguien decidía quién podía vivir y quién no.
El poder transformador al que aludía al principio de este artículo es real. Sólo la desaparición de un elemento que ha estado presente en la vida de varias generaciones de vascos durante los últimos cincuenta años tendría la auténtica capacidad de cambiar las cosas. Ese cambio, incluso, podría ir en el sentido que dice propugnar ETA: una acumulación de fuerzas real en pos de un cambio de marco político. Veremos qué ocurre.