bannerbanner



No hay tregua

28.07.2010 (11:35 am)

Ion Andoni del Amo
Ion Andoni del Amo

Está siendo un parto largo, sin duda. El diagnóstico ha sido reiterado: vivimos un periodo intermedio caracterizado por el agotamiento del ciclo político anterior – y sus fenómenos estructuradores, vía autonómica y lucha armada – y las dificultades para la apertura de un nuevo ciclo. Las bases ideológicas fueron dibujadas ya por ELA en aquella comparecencia histórica en Gernika en el 97, y desarrolladas por otros agentes durante estos largos años.

¿Por qué entonces tantas dificultades e intentos fallidos? Pues probablemente porque dar por superados con todas sus consecuencias tales fenómenos requiere un proceso de maduración y, dada su importancia en la estructuración del escenario político de las últimas décadas, produce cierta sensación de vértigo que dibuja caminos de ida y vuelta. Pero es que además, en este cambio de ciclo afloran y se entremezclan tres cuestiones, las dos apuntadas y una derivada: la reconducción del conflicto armado y sus consecuencias, el conflicto político de fondo al que apunta la incomodidad de la mayoría social con el marco jurídico-político actual, y la consiguiente restructuración del mapa político derivada de las anteriores. Las tres cuestiones, aunque en diferentes combinaciones, han aflorado simultáneamente en los dos últimos procesos, Lizarra-Garazi y Loiola. Y la conclusión que podríamos extraer es que el intento de resolución global, aún lógico y loable, lo complica seriamente. Porque aparecen temores y condicionantes cruzados: desconfianzas, disputas por la hegemonía política, temores partidistas, temor a que la resolución del conflicto armado sitúe en primer plano el conflicto político, condicionantes y renuncias fruto de determinados pactos, recelos hacia los negociadores… Todos ellos se combinan de tal forma que acaban siendo más los sectores que se sitúan en una posición pasiva, o activamente hostil, que los partidarios de la resolución.

¿Estamos condenados, entonces, a repetir la historia? Ya hubo quien criticó hace años esas concepciones cíclicas de la Historia, y es que las experiencias pasadas nunca son en vano. Hay, quieran o no verse, elementos nuevos en la pista. El primero es la reflexión más amplia, profunda y compartida sobre la necesidad del cambio de ciclo; especialmente en el seno de la izquierda abertzale, pero también en otros agentes. El segundo, que los acuerdos estratégicos y de reconfiguración del escenario político se plantean básicamente entre quienes comparten esta reflexión sobre la necesidad de cambio de ciclo y sus vías, exclusivamente políticas, institucionales y de lucha de masas; esto debiera, a priori, dotarles de mayor estabilidad. El tercero, pero no menos importante, es la apuesta por la unilateralidad para la superación del ciclo anterior por parte de la izquierda abertzale. Los tres, y especialmente el último, parecen desatascar el escenario y romper el esquema de resolución en bloque y simultaneo que tan problemático se había demostrado. Lo que se dibuja, pues, no parece ser un escenario de resolución y acuerdo global, sino la apertura de un proceso en el que a medio-largo plazo, y por vías exclusivamente políticas y democráticas, se plantee una reconfiguración del espacio político, la superación de las consecuencias del conflicto armado, y el conflicto político de fondo, pero en tiempos, momentos y con alianzas distintas, en función de la relación de fuerzas, de forma dinámica y dialéctica.

El escenario ya está en movimiento y son numerosas las señales, más allá de las declaraciones de la izquierda abertzale o la importantísima Declaración de Bruselas: el nerviosismo de algunos, la progresiva configuración de un bloque de izquierda soberanista, las reflexiones de Jesús Eguiguren… O cierto cambio perceptible en la actitud del Ministerio de Interior, que ha pasado de torpedear abiertamente el proceso de la izquierda abertzale a, parece, dejar hacer. Conviene detenerse en este aspecto. Porque la estrategia actual parece ser la de jugar a dos bandas: dejar hacer por si pudieran obtenerse réditos político-electorales, o volver a la mano dura en el último momento en caso contrario. Y esto puede enredar el proceso, porque puede abrir expectativas negociadoras que luego acaben en frustración si las encuestas en España ‘piden’ mano dura.

¿Y ETA? La decisión parece dilatarse y ha habido ya un par de ocasiones de intensos rumores que se han quedado en nada y que ahora apuntan a septiembre. Es evidente que hay diferente percepción de tiempos, y que lo que desde fuera parece lento, desde dentro puede parecer rápido. La decisión requiere un periodo de maduración que es importante, porque lo esencial y novedoso es que la izquierda abertzale arrastre a ETA en su decisión. Por eso es hay que ayudar en lo posible, aunque es cierto que un proceso que no se alimenta es un proceso que se muere. En cualquier caso, la cuestión de la unilateralidad es central, por encima de expectativas negociadoras, porque es la que permite mantener la dirección del proceso de cambio, sin condicionarla en exceso a la dinámica electoral española. En este sentido, una eventual decisión de ETA no supondría una tregua en lo político, sino que puede incluso abrir un camino de confrontación democrática, a favor de los derechos políticos y civiles o del propio derecho a decidir, que habrá que pelear mediante movilización social. Y probablemente es bueno que así sea, porque evita los problemas de la solución global. Abriría no un proceso con fases, etapas o escalones definidos, sino un proceso dinámico, complejo y múltiple en el que estén sucediendo muchas cosas a la vez, con un grado de contradicción sostenible y eficaz, que no suponga una nueva frustración para la masa social movilizada.

El problema español

16.07.2010 (10:30 am)
Joxerra Bustillo Kastexana
Joxerra Bustillo Kastrexana

El reciente triunfo de la selección hispana de fútbol vuelve a poner sobre el tapete el conflicto político existente: el denominado problema español. Después de siglos de dominación sobre pueblos diferentes, como el vasco y el catalán, Castilla/España no ha logrado asimilar dentro de su concepción identitaria, unívoca y poco atrayente, a las mayorías ciudadanas de estas dos naciones sin Estado. Por muchas vueltas que se le quiera dar, por muchas portadas grandilocuentes en los diarios capitalinos, por muchas narraciones al estilo No-Do en emisoras de radio y televisión, vuelve a demostrarse que en Euskal Herria y Catalunya los corazones laten con otro diapasón. Es este y no otro el dilema a resolver.

Además, después de recorrer laberintos jurídicos, propuestas y contrapropuestas, proyectos y remodelaciones, enmiendas y cepillados varios, el Estatut catalán ha sido estoqueado por el Tribunal Constitucional español como si de un Miura se tratara. Aquí sólo hay una nación, la sola nación española, y los demás es adorno, perifollo, en resumen, coros y danzas interpretando sardanas en la Plaza Mayor.

No creo pecar de futurólogo si afirmo que el desencuentro España-Catalunya y el desencuentro España-Euskal Herria tan sólo se pueden solventar por medio del diálogo entre las partes. Pero de un diálogo con contenidos, no en el basado en cuatro frases hechas en las que Madrid mantenga que la Constitución es capaz de albergar en su pluralidad a diferentes naciones y bla, bla, bla. Es más evidente que nunca que no es así, que esas fórmulas inventadas por Suárez están ya caducadas. En su empecinamiento centralista, los integrantes del TC le han dado la puntilla al Estatut y con él han dejado a los pies de los caballos a los sectores posibilistas de PSC y CiU que soñaban con un entendimiento en torno a una especie de España federal.

El problema es que en España no hay federalistas, sino uniformizadores de derechas y de izquierdas, que no son capaces de reconocer de una vez la realidad plurinacional del Estado. Su cerrazón no hace sino expandir las ansias independentistas de catalanes y vascos. Voluntades que, hoy por hoy, no pueden ser expresadas democráticamente en un ejercicio responsable de soberanía en las urnas. Los intentos posibilistas del Plan Ibarretxe y el Estatut, han sido cercenados sin remisión y no se vislumbra en el horizonte ningún líder español capaz de dar un giro copernicano al actual estado de cosas.

La historia nos dice que la paz es el periodo comprendido entre dos guerras. Y nos añade que la violencia ha sido, es y será utilizada como principal arma política por Estados e insurgentes. Por suerte, en Euskal Herria se puede abrir ahora un periodo de paz, por la conjunción de una serie de factores que no tengo aquí espacio para describir. Aprovechemos esta oportunidad con inteligencia. Pero sabiendo que si no se encauza debidamente el problema generador del conflicto, del que ETA no deja de ser un fenómeno derivado, nos esperará una nueva guerra (en el amplio sentido de conflicto), de mayor o menor dimensión, pero de nuevo enquistada en la violencia.

Debate y conclusiones en Batasuna: reflexiones desde el pesimismo constructivo

14.07.2010 (10:05 am)

Juanjo Alvarez, Catedrático de Derecho (UPV)

Resulta inevitable compartir una sensación de escepticismo y de prevención ante las expectativas que la nueva etapa parece ofrecer. Es cierto que la decepción y el hartazgo acumulado entre todos nosotros tras tantas frustradas tentativas en la búsqueda de la paz rotas por la inercia totalitaria de ETA impone una lectura con sordina de algunas grandilocuentes afirmaciones que se contienen en el documento. Es cierto que hay un exceso de retórica y de abstracción en el discurso…pero, pese a todo, quiero lanzar un mensaje de esperanza y de ánimo hacia quienes desde ese mundo inician una tímida pero importante emancipación frente al yugo militar y totalitario de ETA.

Las críticas de algunas fuerzas políticas y de algunos medios de comunicación se basan en prácticas discursivas a las que estamos acostumbrados en el día a día de nuestra política vasca: quien no haya recurrido a la retórica hueca que tire la primera piedra. Y recordar el pasado es necesario, de acuerdo, pero no puede servir para bloquear el futuro. Debemos dar una nueva (y definitiva) oportunidad a la paz.
Prefiero adoptar, emulando a Norberto Bobbio, una actitud pesimistamente constructiva: el optimismo desbordado que mostramos muchos ante los anuncios de treguas de ETA implica excesivas dosis de entusiasmo, que nubla la reflexión.

Esta declaración de pesimismo constructivo no es un gesto de renuncia: al contrario, es reflejo de sana austeridad emocional, es el deseo de mostrar un prudente rechazo a participar en el séquito mediático de quienes parecen ansiar o desear el inmovilismo absoluto de ese mundo abertzale, su ostracismo social y político… ¡que parecen desear, en realidad, que nada avance, o que parezca moverse para acabar en el mismo sitio!
El pesimismo que reivindico no frena la laboriosidad, las ganas de trabajar a favor de la convivencia entre vascos y por la paz. El optimista pensará que no es necesario hacer nada, que todo se arreglará tarde o temprano; el pesimista “cerrado” defenderá que se haga lo que se haga todo irá de mal en peor.

Y entre ambos planteamientos vitales y emocionales propongo actuar bien, de manera leal a nuestros principios….¡sin pedir garantías absolutas de que finalmente el barco de nuestra sociedad en paz llegue al buen puerto que todos deseamos!
Por primera vez, por ejemplo, aprecio en la reflexión del mundo abertzale radical la necesidad de tocar “suelo”, respecto a la distinción entre tener proyectos, tener ilusiones, tener expectativas políticas… y tener derecho a su materialización por encima de la voluntad mayoritaria del pueblo vasco. Reconocer que todo proyecto conlleva frustraciones, y que no cabe la imposición de proyectos mediante el macabro atajo de la violencia es subir el listón ético del debate hasta el piso en el que toca debatir sobre y de política: para convivir, para criticar, para construir, para debatir, para vivir.
Necesito creer en la sinceridad de las afirmaciones que se contiene en el documento. La credibilidad de su mensaje es anulada de raíz por parte de muchos observadores externos. Yo prefiero apostar por ser un ingenuo perpetuador de la esperanza de una Euskadi en paz, sin equidistancias ni falsas simetrías. La violencia anacrónica, la ideología totalitaria de ETA ha tratado durante demasiado tiempo de usurpar a través del terror nuestra soberanía y nuestra voluntad como nación vasca. Que nadie nos robe nuestra identidad. Es el momento de la política.

Cultura, violencia y paz

09.07.2010 (10:10 am)

Pere Ortega, Centre d'Estudis per la Pau
Pere Ortega Centre d’Estudis per la Pau

La cultura se puede definir como un conjunto de tradiciones y formas de vida de una comunidad. Estas formas de convivencia condicionan la manera de pensar y de actuar de sus gentes. Además, estas maneras de vivir son producto de una historia particular que las convierten en únicas. La cultura, en resumen, es una construcción social, cambiante pues evoluciona en el transcurrir del tiempo y que explica cómo somos, cómo pensamos y como actuamos.

Entonces, la violencia forma parte de la construcción cultural de una sociedad ¿Y cómo se sitúa una sociedad frente al tema de la violencia? Pues en general la vemos deambular con total libertad en la mayoría de nuestras sociedades. La vemos a diario en las relaciones domésticas, de género, entre jóvenes; también tiene su espacio en los medios de comunicación, en películas, videojuegos y comics, dónde constantemente se producen actos y situaciones violentas. Violencia que tiene su máxima expresión y perversión en los conflictos armados. Tal es la magnitud y la abundancia de la violencia personal en nuestras vidas que pensamos que ésta, en muchas situaciones, está justificada, (los buenos de las películas por ejemplo); o aquellos otros “buenos” que consideramos están legitimados para ejercerla en defensa propia, según el punto de vista ideológico de cada persona. Por ejemplo, los palestinos, uigures, tamiles, kurdos frente a unos estados que los oprimen; o del Gobierno español que participa en la guerra de Afganistán porqué la considera justa.

Las consecuencias de esta situación, se traduce en que haya colectivos o Estados que consideren justa la participación en luchas armadas y guerras. Ya sean, las FARC en Colombia o Estados Unidos en las numerosas guerras en que ha participado. Y esa decisión de participar en una guerra, obedece a la existencia de una sociedad que legitima el uso de la fuerza para resolver un conflicto determinado.

La cultura es el fruto de siglos de historia y su transformación se produce muy lentamente. Así, cambiar el uso de la violencia, tanto en el ámbito personal como en el colectivo, no es una cuestión fácil. Para que se produzca, hace falta un largo trayecto de educación para la paz, hasta que la mayoría de la sociedad esté convencida de que los medios pacíficos son los únicos legitimados para resolver los conflictos. La paz, como todas las utopías sociales es posible alcanzarla. Solo necesita del impulso, compromiso y convencimiento de un movimiento social en buscar la resolución de los conflictos por otros medios que no sean los violentos. Ese es el camino de la paz.

¿Todo el mundo quiere la paz? Pues según quién y cómo

07.07.2010 (10:10 am)

Nynaeve, La Rueda del Tiempo

Esto de la paz es curioso. Hables con quien hables, siempre estarán a favor la paz. Lo que no dicen siempre es el tipo de paz que se quiere tener.

Sin ir más lejos tenemos la paz al estilo Franco. No podemos negar que durante muchos años reinó “la paz”. Eso sí a costa de cepillarse a cualquier disidente. Esa y no otra es la que yo creo que quiere el Sr. Mayor Oreja, por ejemplo, que en unas recientes declaraciones recogidas en La Rueda del Tiempo, por NicKNeuk, deja claro que el mayor peligro de que la vía de resolución de conflictos que está abierta, llegue a buen fin es que ETA pudiera dedicarse a hacer política, con el daño que eso supondría para España, la cual está en peligro.

Así que lo que este señor, no dice, pero que está claro si nos atenemos a los hechos es que una etapa de poca actividad de ETA, es asumible, si con ello no se pone en peligro su sacrosanta unidad. Eso sí, con todas las “garantías” que este Estado de Derecho que tenemos hoy, sigan vigentes, vamos… que no ceje la violencia del Estado.

Y después de todo, es previsible su actitud, no sólo lo dice, es que estoy segura de que él cree a pies juntillas que la Izquierda Abertzale es etarra. Bueno, digo yo que se refiere a la izquierda abertzale, porque en la misma entrevista, con hablar de la izquierda vasca, le basta y sobra… así que yo me pregunto si para este señor, Aralar y/o EB, o no son izquierda o no son vascos.

Lo que todavía me parece peor es lo que hacen desde el PSOE. Porque yo estoy segura de que una gran mayoría en el PSE no cree que la izquierda abertzale sea ETA, aunque en función de para qué sirva el discurso, en unos casos lo afirman, en no pocos lo matizan y en otros lo rechazan.

Mientras tanto, independientemente de elegir el modelo con el que vestir el santo, por si las moscas, se aseguran lo que al parecer realmente les importa, tener más representatividad intentado quitar de la ecuación electoral a un sector, que les resulta molesto.

Independientemente de lo antidemocrático que es eso, previsible en un partido profranquista como el PP y en principio mucho más cuestionable en un partido como el PSOE –insisto-, la irresponsabilidad que conlleva respecto a que en lugar de favorecer un fin ordenado de la violencia, lo que estén es provocando justo lo contrario, hace plantearse, si también ellos quieren la paz y no su Paz.

Al hilo de esto, no puedo de dejar de repetirme con sorna, las declaraciones de Coalición Canaria tras votar a favor de dichas rebajas democráticas.

En materia antiterrorista hay que estar siempre, siempre con el gobierno, aunque se equivoque.

Pues no, lo siento, si el gobierno se equivoca y callamos lo único que conseguimos es que la injusticia sea todavía mayor. Injusticia de la que nos hacemos cómplices.

Por mucho que se empeñen algunos, si lo que se busca es “su” paz y no “la” paz, lo que pasa por que haya mayor democracia y no lo contrario, no podremos solucionarlo nunca. Más tarde o más temprano, volveremos a lo mismo.

Aprender de los errores del pasado

06.07.2010 (11:58 am)

El Disidente
El Disidente

Si algo está quedando claro en estos tiempos de velocidad vertiginosa y contradicciones en torno al terrorismo y su posible desenlace, es que el fallido proceso de paz iniciado en 2006, lejos de parecer un proceso inútil que no valió para nada, ha resultado ser una pieza clave para dar el paso definitivo a un proceso que por fín acabe bien, y es que como dijo Otegi, en el pasado proceso, se hicieron muchas cosas mal, se cometieron demasiados errores que fueron minando poco a poco la confianza entre las dos partes negociadoras, pero si hay que sacar algo bueno de ese fracasado proceso, es que nos sirvió a muchos para identificar por fín, cuales deberán ser las piezas del puzle a colocar en el siguiente, las piezas ya han sido puestas sobre la mesa, quedando hecha la tarea dificil, y dando lugar al sencillo trabajo de, con paciencia, ir colocando dichas piezas, y ese sería el objetivo del próximo proceso de paz.

En primer lugar, y desde mi punto de vista, los errores más grandes que se cometieron en el proceso de 2006 fueron, por parte de la izquierda abertzale, la gran inmadurez con la que afrontaron el reto, no estaba nada claro que la mayoría de sus bases estuvieran comprometidas a la vez en un mismo objetivo que fuera el fin de la violencia, todos sus debates y proposiciones se hicieron de manera interna, siendo opacos al espectador, lo que facilitó a los detractores lanzar bulos en forma de alarmas para soliviantar a la sociedad y sacarla a la calle enfurecida. ETA tuvo en ese proceso el estatus de representante político, el mayor de los errores. A este último gran error que menciono, se le unen también los errores del gobierno, al que hay que achacarle un error de cálculo o quiza de falta de perpectiva cuando en esas reuniones de Loyola, Eguiguren y su pizarra, parecieron ofrecerles el oro y el moro a ETA, ese agente político al que se le estaban proponiendo temas de índole política, como la anexión de Navarra a Euskadi, algo que está recogido en la Constitución española, y que poco a poco, parecio que ETA pasó a aceptarlo como una decisión democrática que debía salir de los navarros, a una imposición en la que con una pistola sobre la mesa dijo “Sin Navarra, nada de nada”. Tras estos tropezones tan preocupantes, el gobierno también pecó de la misma opacidad que la izquierda abertzale, ocultando y negando cualquier filtración salida de esas negociaciones, lo que alimentó más la estrategia de la ultraderecha y multiplicó por dos las reacciones de esta en la calle.

Hoy sin embargo las condiciones son distintas, la izquierda abertzale ha contado con la ayuda desinteresada de prestigiosos mediadores internacionales, y con esa ayuda que jamás será debidamente agradecida, ha limado todas las imperfecciones mostradas en el proceso de 2006. Hoy la IA ha tomado la decisión unilateral de ser ella el agente político que lleve la iniciativa, ha iniciado un debate llebado a cabo por la inmensa mayoría de sus bases, hoy la IA sabe a donde va y cómo va. Tal y como les aconsejó Brian Currin, sus propuestas ya no son opacas ni alimentan malintencionadas sospechas sembradas por la ultraderecha, y como afirmó Pello Urizar hace unos días tras la unión política entre EA y Batasuna, ETA ya no va a ser ni parte ni arte, ni se va a sentar a negociar con nadie ni va a proponer reformas políticas con pistolas encima de la mesa como condición para su desarme.

Es aquí donde se puede dar un punto de inflexión a la posición reaccionaria e inamobible del Gobierno. En un proceso entre dos partes, ambas deben de ceder algo para llegar al entendimiento, y para rebajar el nivel de desconfianza del Gobierno español, existe una pieza clave con la que creo, empiezan a estar de acuerdo muchas personas. Se trata de una cuestión que yo no supe ver hasta que se produjo la última reunión entre el Lehendakari Ibarretxe y Zapatero, recuerdo como Zapatero se tapó los oidos ante sus palabras, cómo salió Ibarretxe igual que había entrado, con la negativa del presidente a hablar con un político demócrata, elegido por la mayoría de vascos, de aquellas cosas en las que no había tenido reparo en hablar con una organización terrorista, a quien nadie ha elegido democráticamente y representaba a una cantidad mínima de vascos. Fue ahí cuando me di cuenta de lo tremendamente erroneo que había sido, en primer lugar, considerar a miembros de ETA como agentes políticos, y segundo, tratar con ellos temas políticos que a la postre, se le niegan al presidente electo de los vascos.

Por tanto, teniendo claro que ese error no debe cometerse otra vez, el factor clave que puede hacerle al Gobierno bajar del monte es, dejar claro con la misma transparencia que se ha llevado hasta ahora, que, en primer lugar, ETA ya no va a llevar la batuta en la negociación y solamente va a ser un espectador que deberá asumir la decisión tomada por toda la base de Batasuna, y en segundo lugar, que en el próximo proceso de paz, no se tratarán temas políticos, como el derecho a decidir, o la anexión de Navarra, se debería dejar bien claro que los parámetros de la negociación no se iban a mover más allá del ámbito de lo que sería organizar el desarme de ETA, el desmantelamiento de todas sus estructuras militares, después la cuestión de los presos, el cómo llevar a cabo el acercamiento de todos ellos y su liberación una vez producido el desarme, y después tratar la reinserción de todos ellos en la sociedad. Sería desde mi punto de vista el mejor paso para acabar con el conflicto, cerrar heridas, cicatrizarlas y hacer borrón y cuenta nueva para iniciar el exitoso camino que está llevando el independentismo en Cataluña.

Puede que a muchos les parezca ceder demasiado por parte de la IA y nada por parte del Gobierno, y que los resultados una vez terminado el conflicto, comiencen con una clara desventaja para la IA, pero a partir de ahí, el movimiento popular sin ilegalizar y sin el continuo estigma de la violencia que el Gobierno explota para beneficiarse electoralmente, irá subiendo como la espuma, y esa subida y esa coyuntura será la que poco a poco, obligue al Estado central a ceder y a tratar temas políticos que de ninguna manera se habrían conseguido en 2006, planteados por una organización terrorista.

Vuelta de tuerca a la ley de partidos

05.07.2010 (10:18 am)

José Manuel de Pablos
José Manuel de Pablos

¿Para qué ha servido desde su aprobación hace más de ocho años la Ley de Partidos? Para ilegalizar a un único partido político, nada más. Es decir, la Ley de Partidos es una ley formulada y aplicada con la única intencionalidad de anular derechos civiles de un muy determinado segmento de la población, un segmento de la población independentista, socialista y que se ha resistido a condenar la violencia de ETA, no así otros tipos de violencia.

Tras la aprobación de la Ley de Partidos por el Tribunal Supremo, Batasuna alzó recurso ante el Tribunal Constitucional, optando éste por respaldar la decisión del Tribunal Supremo de ilegalización de Batasuna, Euskal Herritarrok y Herri Batasuna, quedando únicamente abierta la posibilidad de recurrir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que, en una sentencia que sorprendió a quienes pensamos que es una ley que vulnera derechos, avaló su contenido.

De todos es sabido que las ideologías no delinquen, delinquen las personas, y para las personas que delinquen, el Código Penal ya está provisto de los mecanismos adecuados para actuar en consecuencia. Se puede, y de hecho se hace con cierta frecuencia, más de la deseable, endurecer las penas que estipula el Código Penal para el castigo de los delitos que cometen las personas, y, en una nueva vuelta de tuerca al despropósito que supone ilegalizar un partido político que no condena un determinado tipo de violencia, en el Reino de España el PSOE y el PP, con el apoyo de Coalición Canaria, hacen posible que el esperpento alcance dimensiones inquisitoriales.

Sorprendente, más teniendo en cuenta que el partido ilegalizado ha comenzado a aplicar los principios que permitirían su legalización a través de la declaración Zutik Euskal Herria (pdf) y con ella dar un paso hacia la normalización política en este país.

O no tan sorprendente.