
- Francisco Letamendia, profesor de la UPV-EHU
Analizaré aquí la consecuencia que el uso prolongado de la violencia ha tenido sobre las culturas políticas de la izquierda abertzale y de la mayoría del Estado, y cuál sería la evolución deseable de la interacción entre ambas culturas.
Cuando el grupo violento se estabiliza se convierte en un grupo en guerra; su percepción de la realidad queda filtrada por la polaridad amigo-enemigo. En la medida en que se prolonga su actividad en el tiempo, la figura del enemigo acaba llenando todo el espacio exterior al grupo, englobando a los sectores del colectivo nacional (en este caso el vasco) que reprueban el uso de la violencia. La polarización hostil acaba cubriendo por tanto en el largo plazo todo el campo identitario, y bloquea la dimensión instrumental de estos nacionalismos.
Respecto a la opinión pública del Estado, la formación proyectiva de la figura del enemigo interior y su identificación, no ya con el grupo armado, sino con la comunidad nacionalista que lo legitima, facilita la incorporación de las masas a la guerra sicológica. La sicosis antiterrorista es, en parte, una reacción espontánea de las masas ante la brutalidad e inhumanidad de los atentados del grupo armado; pero también un efecto buscado por los responsables del Gobierno, que buscan resolver de ese modo crisis de integración política causadas por su ausencia de éxitos en los campos económico, social, internacional.
Esta doble consecuencia del uso de la violencia es perfectamente detectable en la vida social y política viciada y hostilmente tribalizada del País vasco y en los clamorosos déficits de democracia en el Estado español.
La presentación del nuevo partido de la izquierda abertzale el 7 de febrero de 2011 marca un antes y un después. La decisión expresada por sus portavoces puede verse desde tres perspectivas. Tiene un indudable aspecto instrumental, el del cumplimiento de los requisitos que harán posible la relegalización y con ella la presencia en los órganos representativos. Presenta un aspecto radical de ruptura con su carácter de comunidad de legitimación de ETA, interiorizada por el grupo a través de una red de decisiones democráticas prolongadas en el tiempo y expresada con una rotundidad que sorprendió a todos. Desde el punto de vista de la cultura política, es -no puede ser otra cosa- el inicio de un complejo proceso por el que la figura del enemigo deje de formar parte de las actitudes e identidades de sus miembros.
Porque ello requiere simétricamente que el grupo deje de ser visto por la opinión pública y los decisores políticos del Estado a través de la figura, proyectiva y también funcional, del enemigo interior. Siempre podrá rechazarse a nivel estrictamente político el argumento de la simetría (por ejemplo, en una hipotética negociación ETA-Gobierno) alegando la imposible ecuación de igualdad entre un grupo terrorista y el Estado; hay que añadir que tal ecuación ha sido desechada por la izquierda abertzale. Por el contrario, y en lo que respecta a las transformaciones de las culturas políticas, procesos sico-sociales de amplio radio no dependientes de declaración voluntarista alguna , las culturas políticas que han vivido en mutua relación de hostilidad y que se han alimentado la una de la otra no pueden cambiar en profundidad si no es inter-transformándose recíprocamente. Lo que no impide que decisiones conscientes puedan tener un efecto preformativo sobre tal transformación.
Hay que decir que a ese nivel se está produciendo un gran desequilibrio entre la micro-sociedad abertzale, que está dando todos los pasos unilateralmente, y la macro-sociedad del Estado, que apenas ha dado alguno (a nivel de decisores políticos, ninguno). De cara a la legalización, el argumento de la credibilidad, que se superpone al de la legalidad, sólo refleja la permanencia de la figura del enemigo interior en una opinión pública mayoritaria que está atando de pies y manos a unos gobernantes que sin el acoso de este fantasma y con la información que manejan habrían legalizado ya al nuevo grupo. La credibilidad del argumento de la credibilidad está pues bajo mínimos.
La presentación de los Estatutos del nuevo partido el 7 de febrero va a tener sin duda un valor performativo en el cambio de la cultura política de las bases de la izquierda abertzale; dada la cobardía de los dirigentes políticos, sólo cabe esperar que ese papel lo cumplan los jueces y legalicen a Sortu. Cualquier otro escenario asestaría un serio revés a la evolución de ambas culturas políticas en una perspectiva de normalización y democracia, y obstaculizaría gravemente la desaparición de la dinámica del enemigo interior en ambas sociedades.