
- Esteban Umerez Argaia, abogado
NOTA: Escribí el post que reproduzco a continuación, atendiendo a la amable invitación de procesodepaz.org, este pasado 6 de octubre, y lo envié en esos días. La vorágine posterior de la Conferencia de Aiete y la declaración histórica de 20 de octubre de cese definitivo por parte de ETA impidieron entonces su publicación, pues bastante trabajo tuvieron esos días los y las administradoras de esta web, y ahora procesodepaz.org me ha ofrecido la posibilidad de revisarlo tras los últimos acontecimientos.
Tras releerlo, he decidido dejarlo tal cual. Quiero seguir diciendo lo que decía entonces. Hablaba ya de relato y la palabrita se ha puesto de moda, pero la mantengo. Si acaso, añadiría alguna reflexión más, pues escribo esto en fecha de 11 de noviembre de 2011, siguiente al Día de la Memoria por las Víctimas, y en el que se publica una entrevista extensa a ETA en el diario Gara.
Una de las claves para construir un futuro decente (DRAE: Honesto, justo, debido), es que sepamos reconocer el sufrimiento padecido por tantas y tantas personas, golpeadas injustamente por actos violentos que durante demasiado tiempo han sido justificados de una u otra forma, por unos u otros agentes, por acción o por reacción, por ekintza o castigo merecido, por lo que sea. Esconder a parte de esas víctimas, separarlas para evitar equiparaciones o diluirlas en un reconocimiento genérico impide cerrar esas heridas, evita admitir completa y honestamente que también sufrieron daño y puede llegar a parecer, incluso, que aún oculta algún tipo de justificación. En cualquier caso, añade injusticia a la injusticia ya causada.
Por eso, en lugar del reconocimiento a todas las víctimas, propondría el reconocimiento a cada una de las víctimas. Cada una tiene una historia que debemos escuchar, a la que nos debemos enfrentar incluso cuando no nos gusta, y que debe recibir la reparación que merece.
Por lo demás, en el post de 6 de octubre me refería concretamente al fin de ETA, y quisiera mantenerlo en sus propios términos. Lo tenéis a continuación:
A octubre de 2011, estamos donde, hasta hace poco, éramos incapaces de imaginar que íbamos a estar. Leo el post que escribí para este mismo espacio en junio de 2010 y, aunque sigo sintiendo como propio aquello que decía, me doy cuenta de cuán lejos estaba entonces de imaginar los avances que se iban a producir en el siguiente año y medio.
Estamos cerca de presenciar el desmantelamiento definitivo de ETA. Todo lleva a pensar que, en efecto, la renuncia tajante de la Izquierda Abertzale al uso de la violencia y a la amenaza de su uso, y la apuesta firme por las vías exclusivamente políticas, nos sitúan en puertas de ese final. Sin cobertura social, empezamos a creer que es cierto que ETA ya está liquidada, y que sólo hace falta escenificar la disolución de lo que quede de la estructura militar de la organización armada.
Son muchos los análisis e innumerables las declaraciones políticas al respecto, cada vez más claras y positivas, pero, aprovechando que procesodepaz.org me vuelve a brindar la oportunidad de pronunciarme aquí, diré que echo de menos un punto que considero importante en el relato del final de ETA
El final de ETA se tiene que producir con el reconocimiento colectivo de que la lucha armada no ha servido para nada. Sólo para provocar dolor, sufrimiento y odio. No ha servido para la consecución de, ni para la aproximación a, ninguno de los objetivos políticos que pudiera pretender.
En 1959, un grupo de jóvenes agrupados en una formación llamada Ekin decidió pasar a la confrontación armada con España, a la vista de la represión padecida por su actividad, fundamentalmente cultural, de reivindicación de la identidad y la aspiración nacional vascas. En 1968 llegaron las primeras muertes con el Sargento Pardines y Txabi Etxebarrieta, y la primera acción directa, con Melitón Manzanas. Cientos de muertes más en los siguientes 40 años, de los que 10 fueron en dictadura y transición, y los 30 siguientes de enfrentamiento a un régimen democrático que, de forma más o menos contestable, ha demostrado tener capacidad para superar la amenaza.
En mi opinión, es importante que quede para la Historia el relato de que el pueblo vasco intentó la confrontación armada con España, y que ese mismo pueblo rechazó esa confrontación armada después, mucho antes de que ésta demostrara que no había servido para nada.
Creo que no podemos negar que ETA tuvo un importante apoyo social en la década de los 70 y comienzos de los 80, que fue menguando después y que ha sido definitivamente rechazada y condenada desde la década de los 90 hasta hoy. Por eso digo que nuestro pueblo intentó, y nuestro pueblo rechazó.
Pero es importante que quede destacado también, en ese relato, que el intento de confrontación armada no sirvió para nada. Aún escucho alguna voz que defiende que “sin ETA no estaríamos donde estamos”. Eso es una obviedad, sin ETA la Historia de Euskal Herria sería muy distinta, pero quienes eso afirman nunca explican dónde estamos, ni dónde estaríamos.
Bienvenida sea la apuesta por la utilización exclusiva de vías políticas para la consecución de objetivos políticos. Bienvenido sea el activismo pacífico. Y que sea así para siempre en nuestro pueblo. Nuestros hijos y nietas, en la Euskal Herria de dentro de unas décadas, harán lo que quieran, lo que crean conveniente hacer en la época que les toque vivir, pero al menos querría desearles que no repitan nuestra Historia, que sepan no repetirla. Y que alguien les cuente que la lucha armada no sirvió.
Para eso es para lo que creo que debemos ser honestos en el relato de este final de ETA
Me salen sarpullidos cuando oigo términos como “vencedores y vencidos”. Son ganas de perpetuar la confrontación en vano. ETA no ha doblegado a España, pero tampoco España ha conseguido en todo este tiempo asimilar cultural, social, política o afectivamente a Euskal Herria. Me atrevería a decir que ni siquiera España ha conseguido asimilarse política o afectivamente a sí misma. España también debería ser honesta con el relato de su propia Historia.
Pero ahora pienso en nosotros y nosotras, en la Euskal Herria que vamos a poder disfrutar los que no imaginábamos que íbamos a ver esto en nuestra vida, y la Euskal Herria que queremos dejar para nuestros descendientes. Si nos decimos a nosotros mismos la verdad, vamos a ser capaces de hacer bien las cosas. Ahora, y para el futuro.