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Cultura para la convivencia

22.04.2010 (9:19 am) – Filed under: Autores ::

Santiago Eraso

Vivimos tiempos de incertidumbre democrática, desprestigio político y descrédito económico. En el subconsciente colectivo se ha instalado la premisa del triunfo absoluto de la democracia parlamentaria, la consagración de la globalización y el asentamiento definitivo del libre mercado, como única herramienta para la gestión de lo social. En este diagnóstico de la realidad, parafraseando a Tony Judt, sobre el olvidado siglo XX y las ideas que conformaron su tiempo, se impone un nuevo paradigma apolítico, basado en el valor incontestable del presente postmoderno e irrefutable. En una cínica resignación ante la seducción de la actualidad, en un ejercicio de cómoda conveniencia, mostramos el convencimiento -en nuestros cálculos económicos, prácticas políticas, estrategias internacionales e incluso en las prioridades culturales y educativas- de que el pasado no tiene nada de interés que enseñarnos. Todo aquello que el siglo pasado instauró queda convertido en reliquia histórica, monumentalizada, desprovista de las herramientas de análisis y transformación del presente que proporciona la memoria.

Hemos olvidado el verdadero sentido de la guerra, porque la política contraterrorista del consenso internacional nos ciega el juicio y nos amordaza la opinión. Tratamos al Estado como una fuente de ineficacia económica e intromisión social, porque el ejercicio prepotente del individualismo nos produce beneficios particulares más inmediatos y menos fiscalizables, es decir, menos sociales. Hemos olvidado cómo pensar políticamente, porque no concebimos la acción pública más allá de un economicismo estrecho. Somos escépticos, si no activamente recelosos, ante cualquier objetivo político que nos haga pensar más allá de nuestros réditos personales. La democracia, como política de lo común, no nos interesa. Nos olvidamos, con facilidad interesada, que es un sistema de organización política, cuya característica principal es que la titularidad del poder reside en la totalidad de los miembros que constituyen el grupo gobernado; que es un modo de estructurar lo individual y lo colectivo a través de un sistema de representación regulado por elecciones periódicas, pero también una manera integral de comprender y activar las relaciones humanas particulares y universales. En sentido amplio, la democracia es una forma de convivencia social, de construcción comunitaria, entre libres e iguales que luchan por seguir siendo sujetos políticos. Nos olvidamos que se construye desde la memoria, que las cosas son porque, mucho antes, tomaron cuerpo a partir de la acción y la responsabilidad de muchas personas.

La democracia moderna es una manera de vivir que no reposa en una figura acabada, ni en certezas absolutas, sino que se funda en su propia incertidumbre, en su devenir constante. Es un proceso en permanente construcción que requiere una constante redefinición, una reinvención de formas y conceptos. Tanto es así, que está todavía sin resolver, todavía haciéndose, abierta a la presencia y los desafíos de lo emergente, lo insurgente, lo inexplorado. Las personas, su actividad en el acontecer diario, la toma de palabra, su capacidad de transformación, son sus motores. Y la cultura, como facultad que tienen los seres humanos para habitar el mundo, su mejor herramienta.
Jaques Rancière, en Sobre políticas estéticas, nos recuerda que la política consiste en introducir sujetos y objetos nuevos, en hacer visible aquello que no lo era, en escuchar como a seres dotados de palabra a los que no eran considerados más que como animales ruidosos. La aventura democrática somete a los seres humanos a una confrontación radical con su propia esencia.

En este sentido, la legitimidad democrática es inseparable de los Derechos Humanos porque nos obliga a descifrarnos, desde nuestra alteridad, desde nuestra capacidad de ser otro, de ponernos en el lugar de los demás; puesto que su esencia es compartir y posibilitar la heterogeneidad social, la variedad de modos de vida, de comportamientos, de creencias, de opiniones políticas. Es decir, la democracia es la máxima manifestación de la cultura de la convivencia, la que permite vivir pacíficamente en compañía de otros, aunque piensen y actúen diferente. Por tanto, no se trata de consolidar formas culturales dominantes sino de abrirlas tanto como sea posible.

Fredric Jamenson en su libro El giro cultural afronta esta relación entre cultura y democracia desde la conciencia crítica, asumiendo que existe un vínculo estratégico entre cultura, política y economía. En consecuencia, los dispositivos culturales pueden ser un ámbito de actuación prioritario para proyectos alternativos, transformadores, cuya condición crítica tendría que pasar necesariamente por el intento de des-montar y re-montar el modelo hegemónico de sociedad. La cultura sería entonces, no meramente un ente ideal sino un modo de actuar y de vivir. Un modo de vida democrático que haga hincapié en su componente relacional y dialógico

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