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El sexto continente

10.03.2010 (9:29 am) – Filed under: Autores ::

Manuel Domínguez Moreno, periodista, escritor y poeta

La historia de algunos pueblos no es más que el relato continuo de un Exodo permanente a la búsqueda de unas señas de identidad, de un territorio, de una cultura o, si me apuran, de un Estado que le otorgue carta de naturaleza a sus legítimas aspiraciones en el panorama internacional y en el devenir del resto de las naciones del planeta. Su bien más preciado es la libertad y, casi en el mismo plano, la independencia. Tener la capacidad de decidir su futuro por sí mismo. Poder soñar con lo que quiere ser porque de esta manera comienza a hacer realidad sus pretensiones, a dibujar sus designios, a construir un proyecto, a concretar un propósito, a pergeñar una ambición, compartir un anhelo y mantener viva una esperanza cierta. La historia de la humanidad la protagonizan aquellos pueblos que han logrado que su legado perdure y se transmita de generación en generación.

Es la crónica de una supervivencia en la que han sobrevivido aquellos que nunca se sometieron a los elementos ni a las circunstancias, que no doblaron la cabeza y mantuvieron la frente alta ante los condicionantes de su Epoca y destrozaron paradigmas y modelos para crear otros nuevos, todos los hombres que nunca fueron esclavos de otros hombres ni renunciaron jamás a su memoria en la búsqueda inútil del tiempo perdido, en el intento vano de romper las cadenas que aprisionan el alma, amordazan el verbo y someten la conciencia. Nos podrán despojar de todo, pero seguiremos vivos incluso cuando no reste nada por hacer porque aún conservamos la palabra. Por más que se repita la historia, el futuro sólo pertenece a los que no pierden la esperanza y creen en el cambio entendido como una revolución. La globalización, ese cáncer que avanza conquistando territorios y destruyendo conciencias, propagando la enfermedad incurable de la intransigencia y convirtiendo la insolidaridad y la injusticia en pandemia, profundizando en la brecha moral y en el abismo que separa a ricos y pobres, sólo acerca a los poderosos de este mundo y si rompe algunas barreras es para que el dinero pueda circular libremente, no para que se construyan hospitales y escuelas. Una multinacional siempre optará por patentar la anhelada vacuna contra el sida antes que distribuir gratuitamente un genérico que acabe con la enfermedad.

Hombre rico y hombre pobre. Dictaduras públicas y dictaduras privadas. El fenómeno de la deslocalización salvaje que permite trasladar la producción Integra de fábricas rentables a países en los que la mano de obra es más barata. Niños explotados en talleres hasta la extenuación, cosiendo a mano el calzado deportivo y la camiseta que lucirán las estrellas galácticas del deporte en el circo romano de la televisión. Menores violados en paraísos de la prostitución donde acaudalados turistas del sexo viajan en primera clase y gozan humillando a personas que han sido despojadas de su condición humana pero que contribuyen con su sucia y lúbrica actividad a equilibrar la balanza de pagos e incrementar el Producto Interior Bruto de sus depauperados países de origen. Su nación es su estómago y su hambre es personal e intransferible. Prefieren arriesgar y perder la vida en el desesperado intento de alcanzar a cualquier precio el paraíso capitalista antes que sucumbir a una realidad que a fuerza de ser brutal y cruel se ha convertido en el infierno cotidiano. Prefieren la muerte antes que seguir alimentando un sistema que les niega el pan y la sal.

El escritor José Saramago, uno de los lideres de la revolución de las conciencias que más admiro, incorruptible e insobornable, ideológicamente vivo, desarrolla en “La balsa de piedra” la tesis de que la Península Ibérica se desgaja del resto del continente europeo ante el temor de sus habitantes a que el proceso de unificación acabe con su identidad, tanto con su cultura como con su idiosincrasia, y de paso su moneda naufrague ante los efectos indeseables de la Unión. La Península deriva en su derrota por el Atlántico, rumbo al sur, siempre al sur, perdida en medio del océano sin saber bien a que atenerse, en busca de su destino y en la confianza de que, en palabras de Alejo Carpentier, todo futuro es fabuloso. Su búsqueda es infructuosa y el viaje a ninguna parte concluye cuando las relaciones entre ellos, sus odios y sus rivalidades, imposibilitan la convivencia en la isla-nación. La parábola del Nobel portugués se asemeja a aquel jocoso y pretencioso parte meteorológico de “The Times” que titulaba a mayor honra del espíritu británico y de Su Graciosa Majestad: “Hay niebla en el Estrecho, el continente está aislado.” Una sensación similar, por lo frecuente y extraña, tenían los vecinos de Castroforte del Baralla, más que una ciudad imaginaria, la capital fantasma de una provincia fantasma descrita por Gonzalo Torrente Ballester en “La saga/fuga de J.B.”, cuando percibían, en días de niebla intensa, que las casas y calles de su pueblo se elevaban en el aire y se aislaban del resto de la humanidad en las alturas, un fenómeno prodigioso producto de la imaginación del genial escritor gallego que se construye a través de una fuga de ideas concebidas por un visionario o un loco, entendiendo por visionario o loco, y si me apuran incluso poeta, a todos aquellos que son capaces de anticiparse a su tiempo y predecir profundos cambios. Revolucionarios de las conciencias que surgen siempre del hombre-pueblo, no de las dictaduras públicas y privadas que detentan el poder y utilizan el dinero para comprar voluntades y turbar el discernimiento, sobornando cualquier Etica, cualquier moral, sin escrúpulos, sin piedad y sin complejos, sin remordimiento, sin reparo y sin recato.

Hace ya un buen rato que vengo refiriéndome a Exodos, naciones sin Estado, balsas de piedra, continentes aislados, pueblos que levitan y revoluciones pendientes. Déjenme ahora que les hable del sexto continente, de la revolución que se avecina y del nuevo socialismo del tercer milenio. El sexto continente se ha convertido ya en el más poblado de la Tierra y crece de manera exponencial. No tiene fronteras, ni siquiera un territorio definido. No ocupa ningún espacio físico. No tiene límites ni medida. Su realidad es supranacional y, al carecer de Estado, no honra a ningún Padre de la Patria. Eso sí, cuenta con tantos libertadores como habitantes porque la semilla de la libertad y la independencia se ha plantado en el corazón de cada hombre y de cada mujer que lo habita. Han tomado posesión de su propio microcosmo en todo el orbe conocido y se reconocen por la calle como cómplices revolucionarios cuyas intenciones, no obstante, se esconden a los dictadores públicos y privados. Su rostro es el del hombre-pueblo y sus mil bocas claman al unísono por el cambio. Su territorio sólo puede ubicarse en sus almas y su patria en sus conciencias. Son los hijos de la inmigración y el desarraigo, de la falta de oportunidades, de la miseria y de la enfermedad, de la búsqueda de una vida mejor, que saben a ciencia cierta que otro mundo es posible. No persiguen el realismo mágico ni la quimera sino la justicia y la igualdad de oportunidades, los derechos humanos, el equilibrio medioambiental y la sostenibilidad. No tienen raza ni color de piel ni religión porque representan a todas las razas y a todas las religiones, a todos los oprimidos, a todos los perdedores. Allí donde se encuentren, infiltrados en el corazón del sistema contra el que luchan sin cuartel, camuflados en las nóminas de las multinacionales que combaten, resistiendo, alimentando un nuevo socialismo que hunde sus raíces ideológicas en el poder que emana del pueblo y para el pueblo, en el reparto social de las riquezas y los recursos naturales, en el convencimiento de que existe una soberanía popular que postula que ningún hombre es mejor que otro hombre por el simple hecho de serlo porque todos hemos nacido libres e iguales. Este ejército de inmigrantes se expande por el mundo como una mancha de aceite y ya está dejando su huella indeleble en los países ricos y desarrollados, atentos y vigilantes ante una revolución que está ganando batallas todos los días sin disparar un solo tiro. Nadie les prometió nunca nada, pero saben que heredarán la Tierra, aunque sea nada más que para preservarla de los depredadores voraces e insaciables que se comen sus entrañas. Han entendido, junto al cubano Silvio Rodríguez, que fue y sigue siendo la voz de la revolución, que los actuales dictadores quieren hacer de la guerra la paz del futuro. Por eso luchan contra los canallas, los viles, los ruines, los mezquinos, y comprenden sólo han asimilado, entre humo y metralla, a sangre y fuego, que lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

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