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Modos de encuentro

04.03.2010 (11:41 pm) – Filed under: Autores ::
Javier Sádaba, filósofo

Diálogo, convivencia, reconciliación, etc., son conceptos densos, con una larga tradición. El hecho de que estén muy usados corre el peligro de que o bien se degraden o  formen parte de una manera de hablar sin contenido. De ahí que en determinados momentos sea bueno pararse y pensar si no es mejor dejar descansar los argumentos que utilizamos con frecuencia o las palabras que, repetidas una y otra vez, pueden llegar a saturar los oídos de muchos que esperan algo nuevo, menos manido; y es que  machaconamente repetidas se convierten en palabrería. Porque pierden su contorno, señalan de modo cansado a los hechos y se van vaciando poco a poco de su significado original. No quiere esto decir que haya que encogerse de hombros, escudarse en un mutismo indiferente o renunciar a señalar aquello que nos parece de interés. Se trataría , más bien, de un silencio pleno del que, en su momento, saldrán las palabras adecuadas, de seleccionar éstas de forma que, diciendo lo menos, obtengamos el máximo de comprensión.

El lenguaje, sin embargo, es ciego si no está atado a las actitudes de quienes hablan. En este sentido, y en Euskal Herria, además del silencio aludido o de la frase oportuna, lo que habría que hacer es modificar nuestras actitudes. Sin perder los principios que uno cree justos y apoyándolos una y otra vez en razones, la cuestión es actuar sabiendo que raramente se logrará dar con verdades rotundas, que nos confundimos con frecuencia o que nuestros mejores ideales están teñidos de prejuicios. De ahí la conveniencia de unir, artísticamente, la firmeza en lo que se defienda (en este caso, unos derechos que no se ve por qué haya que renunciar a ellos) con la oposición a cualquier dogmatismo. El dogmatismo, provenga de donde provenga, seca las relaciones humanas. Peor aún, las envenena y rompe todo camino a los acuerdos que, no tenemos más remedio, hemos de lograr los humanos para convivir.

Si antes hablamos de desencuentro y de eliminación del dogmatismo, ahora y unido a lo anterior, habría que pensar en que el objetivo no tiene por qué ser el que todos opinemos igual o de manera parecida. Es un error. Los seres humanos, tan iguales genéticamente, somos muy distintos culturalmente y nuestras opciones sociales varían mucho dentro de un abanico que se abre o se cierra según los momentos históricos. Existen límites, sin duda, a las costumbres que configuran una u otra cultura. Tales límites los marca una ética o moral que denunciará, sin descanso, todo lo que vaya contra la integridad física de las personas o las humille o imposibilite que desarrollen sus capacidades. Pero, dentro de ese cerco que nos impone la moral, elegimos modos de vida muy distintos; y modos de instalarnos en este mundo: como jugadores de tenis o de fútbol, como creyentes, agnósticos o ateos, como españoles, vascos, portugueses o andorranos. Sería un error pensar que, supuesto un muy racional diálogo, tendríamos que llegar a un acuerdo en el que desaparecieran las diferencias. Se trata, por el contrario, de entenderse en lo diferente, de comprender, valga la paradoja, sin entender. En otros términos, se puede, y se debe, respetar lo que a uno no le gusta. Si ese respeto es real, entonces cada uno mantendrá sus propias convicciones sin atacar a los demás. Más aún, pensará que el otro está situado en una realidad muy distinta, pero que se ofrece como posibilidad. A mí no me gusta, por ejemplo, el flamenco y no tengo por qué hacer esfuerzo alguno en entender los gustos de aquellos que gozan de él. Pero lo respeto porque sé que hay quien considera esa música como algo importante. Si trasladamos lo expuesto al caso de Euskal Herria, habría que dejar que cada uno desee ser lo que quiera; y no tratar de cambiarle ni con prédicas ni apedreándole desde la parte que sea. Si se da el respeto en cuestión, entonces, y sin que uno haga el esfuerzo vano de trastocar sus preferencias políticas, se abrirá una distante pero efectiva convivencia pacífica. Y desde ahí, con espíritu auténticamente democrático, se aceptará lo que decida libremente la mayoría; una mayoría que, por su parte, nunca destrozará a la minoría. Y todo ello, sin que haya que convertirse a nada ni apreciar lo que le es ajeno. Eso sí, siempre respetando a quien no comparta nuestra manera de ver el mundo. En nuestro caso, un mundo pequeño como es el de Euskal Herria. Pequeño o no, para quien allí vive es su mundo y nadie ha de interferir a no ser que se vulneren los derechos de los individuos por cualquiera de las partes en litigio.

Para acabar, y en tono similar a lo dicho hasta el momento, habría que reconocer, modestamente, que algunas cosas en la vida social tienen difícil solución. Más aún, algunas de tales cosas son prácticamente imposibles de solucionar. No se trata de abrir la puerta al pesimismo. Todo lo contrario. De lo que se trata es de saber que no hay fórmulas mágicas, que no existen caminos que lleven, inexorablemente, a un buen fin. Ante este tipo de realidades, bienvenido es el silencio, las actitudes dispuestas a comprender a los demás, la huída del dogmatismo y la capacidad de respetar sin entender. Si algo está en un callejón sin salida, no nos esforcemos en chocar contra unos muros que nos pueden destruir, esperemos y vayamos paso a paso. O, siguiendo al muy español A. Machado, hagamos camino al andar. Lo demás vendrá por añadidura.

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2 Responses

  1. Joxerra Bustillo:

    Aprecio y comparto la aportación de Javier, pero estamos en las mismas. Yo me muestro dispuesto a entender la posición del otro, de hecho siempre la he entendido, ahora por afición, antes por obligación. Al fin y al cabo el país en el que vivo forma parte del Reino de España y eso es una realidad innegable.
    Pero lo que yo quiero es que ese otro me entienda a mí. Yo quiero vivir independiente de ese reino, a mi manera, sin injerencias externas, pero amigablemente, como buenos vecinos. ¿Es eso posible hoy por hoy? ¿lo será en el futuro?
    Termino con Machado, gran poeta. Las dos Españas que citaba en sus versos (PP y PSOE) me hielan el corazón. Hay una tercera, la de Iniciativa Internacionalista, la de Diagonal, la de Hugo Martin Abarca, que me hacen abrigar esperanzas.

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  2. bidebi:

    Zorionak a esta web de Lokarri por incorporar a una persona como Javier Sádaba. Para mí un referente serio del pensamiento lúcido, en el desierto intelectual del estado español. Cuando en una tertulia por tv participaba Javier, uno ya podía empezar a pensar que aquello iba a tener interés.

    Sobre lo del lenguaje completamente de acuerdo. Cada vez más nos vamos acostumbrando a unas palabras sin verdadero contenido, huecas, eslóganes aprendidos por nuestras filias que los lanzamos a nuestras fobias, para parecer rotundos descalificadores y hasta para parecer modernos enganchados a la última.
    Terrorismo, democracia, libertad, son palabras que si preguntáramos por su verdadero significado es probable que la mayoría no sabría exactamente que contestar. Pero las utilizamos para engrandecer nuestra posición o degradar la del enemigo ideológico.

    Sobre lo de dogmatismo, es cierto que degrada lo que toca.
    Y sin embargo vivimos rodeados de dogmas. Aparentes o cultos bajo el manto de lo que llamamos “normalidad”.
    Ahora bien, si uno se “desdogmatiza” y el de en frente no lo hace,
    ¿cómo se soluciona el entuerto?.
    Por ejemplo. El nacionalismo vasco hace muchos años que abandonó el dogma de independentismo o nada. Pero el nacionalismo español parece que sigue con el intacto dogma franquista y metafísico de la unidad patria.

    Sobre lo del respeto pues sí, en definitiva la falta de respeto al otro está en el fondo de la mayoría de conflictos humanos.
    Ahora bien, el problema viene siendo que la falta de respeto constante al otro a lo largo de nuestra historia, ha venido configurando identidades construidas desde la falta de respeto, por considerar un valor superior el interés personal o colectivo.
    De tal forma que si el rico le devuelve el respeto al pobre, aquél deja de ser rico. O de tal manera que si España le devuelve el respeto a las naciones que actualmente la conforman, deja de ser España. Es decir, en esto del respeto, por desgracia, no podemos partir de cero, necesariamente debemos partir de lo existente que no es mas que la división del mundo producto de los intereses.

    Si Javier lee algo de esto yo le pediría que profundizara mas en lo que quería decir en su último párrafo, que sí me ha dejado preocupadamente pesimista.
    ¿Se refiere a algo concreto que en los conflictos sociales es imposible de solucionar?.

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