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ETA como amenaza

08.02.2010 (10:22 am)

Pedro Urquijo Aguirre, educador
Pedro Urquijo Arregui, educador

Parece ser que E.T.A. en su último comunicado manifiesta su voluntad de apostar por la vía política y de participar en un proceso democrático. Si nos transportamos a través de la memoria veinticinco o treinta años atrás, cuando en las manifestaciones de H.B. se coreaba aquello de “amnistia ez da negoziatzen”, podemos pensar que la izquierda abertzale ha hecho un largo recorrido. Si en aquella época E.T.A. hubiera hecho público un comunicado como este último, muchos habríamos pensado que estábamos ya a las puertas del final de la violencia. Sin embargo, no se ha visto una explosión de alegría en ninguno de los sectores de la sociedad vasca. Por el contrario, ha sido acogido con agrado en el mejor de los casos, con incredulidad por parte de muchos y con reserva y escepticismo entre la mayor parte de la gente. Y eso que llevamos ya bastantes meses sin asesinatos. ¿Qué está pasando?

Entiendo que después de medio siglo, E.T.A. y las organizaciones sociales que la apoyan han demostrado todo lo que tenían que demostrar en lo tocante a la credibilidad de sus amenazas. Ya todos sabemos que hay que tomárselas en serio. Que unos sientan más cerca que otros el aliento de la fiera se debe a un cálculo de probabilidades. No todos a los que se ha asignado un número en esa lotería de la muerte pueden resultar premiados. Así que muchos de los amenazados viven su situación con el mismo desprendimiento distraído con el que la mayor parte de los que sólo jugamos uno o dos décimos esperamos que se cante el Gordo de Navidad. Ahora bien, el clima social no mejora mucho con eso. Puede ser que no estemos obsesionados con la posibilidad que nos pongan una bomba en el coche, pero seguimos sintiendo la misma presión en mil situaciones de la vida cotidiana. E.T.A. y sus mariachis han logrado lo que el futbolista Pelé consiguió al final de su carrera: no necesitaba esforzarse mucho, porque cuando recibía la pelota los defensas ni le entraban; sabían que lo más probable era que los driblara, que es lo que había estado haciendo infaliblemente durante muchos años, así que se limitaban a vigilarlo expectantes, a ver que hacía. Y lo que hacía era repartir juego a sus otros diez compañeros de equipo. De esa manera ganaron los brasileños su tercer campeonato mundial. Los entendidos en fútbol dicen que Pelé logró lo más difícil, que es la simplicidad. Del mismo modo, E.T.A. a estas alturas no precisa ni gastar munición. Sigue condicionando nuestra sociedad y sometiéndola a presión sin necesidad de mover un dedo. Es como vivir de las rentas de los muchos cientos de asesinatos que avalan su contrastada eficiencia.

Para que dejáramos de sentir la amenaza de E.T.A. haría falta que experimentara una especie de conversión. Esto no es, contra de lo que pueda pensarse, un subterfugio para ponerle el listón tan alto que no pueda saltarlo; no es porque en el fondo no queramos que E.T.A. desaparezca, que es la acusación que muchas veces se hace a los que se oponen a la negociación. Es porque con una E.T.A. inactiva y partícipe, a través del partido o de las organizaciones que sean, en la vida política, muchos vascos seguirían sintiéndose amedrentados, el resentimiento no desaparecería en miles de familias y la amargura se adueñaría de todas las víctimas cuando vieran a sus verdugos rentabilizando personal y políticamente la violencia que ejercieron sobre ellos, mientras ellos permanecían sin responder con la misma moneda confiando en que algún día las instituciones públicas hicieran justicia legítima.

Es imprescindible que reconozcan su culpa. Sí, “su culpa”, porque si el concepto de culpa no se puede asociar al que introduce el asesinato como elemento estratégico, entonces más vale que borremos la palabra “culpa” del diccionario. Es verdad que nadie tiene personalmente la autoridad de juzgar las faltas de otros, pero aquí no se trata de ponernos en el papel de juez, sino de obtener garantías de que su nueva actitud no es sino un movimiento más de ese sudoku que E.T.A. inició el 27 de junio de 1960. Ese día, según cuenta José Antonio Pagola, en su libro La ética para la paz, una niña de 22 meses, Begoña Urroz Ibarrola, fue la primera víctima mortal de E.T.A., por efecto de la explosión de un artefacto colocado en la estación de Amara. Luego vino lo de Melitón Manzanas y todo lo demás, pero el comienzo fue el ejercicio de la violencia sobre una persona inocente por completo, sin matices de ningún tipo que hicieran a ella y a su familia merecedoras de tal agresión. Cuando alguien o algo empieza una trayectoria asumiendo el sacrificio de un niña en aras de unos objetivos políticos y, en vez de considerarlo en términos morales, lo sitúa en una perspectiva histórica, entonces todo lo que siga a continuación no podrá ser sino monstruoso. Va a hacer falta algo más que un aséptico comunicado para que nos olvidemos de eso.