Pese a quien pese, la cuenta atrás ya ha empezado
23.03.2010 (9:05 am)

- Juan Carlos Latxaga, periodista

No esperaba ninguna reacción extraordinaria de la llamada izquierda abertzale oficial a la muerte de un policía francés en un tiroteo con ETA, así que no me incluyo en el grupo de los decepcionados, ni en el de los que creen que dicha izquierda abertzale ha perdido la oportunidad de condenar el atentado y, por lo tanto, no hay nada nuevo bajo el sol y el proceso de paz vuelve a quedarse en un simple catálogo de buenas intenciones. Es éste un planteamiento tan elemental que se cae por su propio peso. No me esperaba ninguna reacción extraordinaria y mucho menos una condena. Hace mucho tiempo que dejé de creer en milagros o en cambios de rumbo prodigiosos que suceden de la noche a la mañana. Para encontrar esas historias mejor releer a Carpentier en “El siglo de las luces” o, si se quiere cercanía temporal, acudir a la hemeroteca para conocer las andanzas de políticos de nuestro tiempo como ese Eladio Fernández capaz de acostarse como número dos del PSOE de Orense y despertar convertido en militante convencido del PP. Para caídas del caballo, las que se producen en el Camino de Santiago y no las que ocurren camino de Damasco.
Nadie condena a los suyos, como muy bien nos acaba de recordar el Papa pidiendo a los fieles católicos la condena de la pederastia pero la indulgencia con los pedófilos de sotana. ¡Qué sensibilidad con los delincuentes propios y qué dureza con los ajenos, como los y las abortistas a quienes se amenaza con la excomunión!
Las propias circunstancias de la muerte Jean-Serge Nérin, podían hacer sospechar que desde la izquierda abertzale se iba a hacer hincapié en la diferencia entre lo accidental y lo planificado, entre, digamos, la mala suerte y el atentado estudiado y preparado de antemano, como así ha ocurrido. Lo que en términos éticos y humanos solo es merecedor de la más rotunda e inequívoca de las condenas, puede y hasta a lo mejor debe ser matizado en términos políticos. Efectivamente, lo de París no fue un atentado, entendido como tal la acción armada planificada y diseñada para producir un efecto ‘político’. Lo que ocurre es que, como siempre, los portavoces de la izquierda abertzale han pasado de puntillas por la primera parte (la muerte de un ser humano se traduce por “los graves hechos de París”, como si de un desastre natural se tratara) y ha hecho hincapié en la segunda, instando, eso sí, a ETA a que “se ratifique en su posición favorable al desarrollo de un proceso democrático”.
Esta calculadísima reacción oficial contrasta sobremanera con el discurso descarnado que sostienen Otegi y otros líderes en la intimidad violada de los locutorios de las cárceles. Una intimidad violada que a fuerza de serlo, hace tiempo que ha dejado de ser intimidad para convertirse en escaparate en el que los interlocutores exponen las líneas maestras de su pensamiento a sabiendas de que más pronto que tarde se podrán leer en los periódicos de mayor tirada. Ya puestos, los filtradores podrían facilitar los audios a las emisoras de radio para que la ciudadanía pudiera captar los matices y las inflexiones de voz. Se trataría de un paso adelante en materia de comunicación.
Pero es precisamente este contraste entre lo que se decía en el comunicado oficial de la izquierda abertzale y lo que se sostiene en el cara a cara, el que anima a mantener encendida la llama de la esperanza. Incluso por encima del último y anacrónico comunicado de ETA, pleno de palabrería hueca y vacío de compromiso alguno, tiene que haber un resquicio para la esperanza, aunque solo sea porque la evidencia se acabará imponiendo al fanatismo.
El final de ETA y de la historia de la violencia política en Euskadi será un proceso largo y difuso que a mi entender ya estamos recorriendo a pequeños pasos y no siempre en línea recta. Nadie en sus cabales puede pensar en un escenario en el que una buena mañana nos hagan saber que por fin han comprendido su error y que lo dejan. Al contrario hará falta mucha paciencia todavía antes de que termine de ocurrir lo que todos esperamos que acabe ocurriendo. Ni ETA, ni la izquierda abertzale hablan con una sola voz, aunque de la impresión de que los medios y los ministerios ponen los micrófonos solo ante algunas bocas para amplificar determinados mensajes. No es ésta una historia de buenos y malos, de duros y blandos. Si fuera así de simple, la solución sería mucho más sencilla.
Pero el final ya es solo una mera cuestión de tiempo. El problema para la izquierda abertzale ahora es determinar cuánto le queda. Hace mucho que ha empezado la cuenta atrás; en su mano está elegir en qué condiciones quieren llegar al pitido final. Mientras tanto, volvamos a los clásicos y preguntemos con Ciceron, quousque tandem abutere patientia nostra?







