
- Pedro Ibarra, catedrático de Ciencia Política
(Este artículo está publicado en el número 41 de la revista Haritu, fechado el 9 de octubre)
Se supone que próximo Gobierno deberá consolidar el proceso de paz y la normalización de la convivencia
El asunto plantea varias dudas. Por un lado no sabemos quien va a estar en el próximo gobierno, con lo cual a lo mejor, hacer un catálogo de buenos deseos y demandas puede ser ejercicio muy inútil. El próximo Gobierno a lo peor nada tendrá que ver con nuestras sentidas y sinceras peticiones, pero no porque las vea difíciles de poner practica sino porque, sin más, es contrario a las mismas. Haríamos, pues un relato que nada tiene que ver con la realidad porque no tiene ninguna cercanía con lo posible.
Pero también es verdad qua podemos admitir como muy probable que surja un futuro Gobierno proclive en principio a poner en marcha mediadas dirigidas a asumir nuestras demandas de paz y normalización. Es muy probable que el nacionalismo vasco democrático en alguna, o en las dos, de sus hoy, dos versiones, este prioritariamente presente en el gobierno. De antemano tal Gobierno parecería muy interesado en hacer cosas relacionadas con la paz y la normalización.
Sin embargo la duda mas profunda, el problema que entiendo mal definido, es de carácter conceptual. No esta claro cuál es esa paz que debe restaurarse y cual es esa anormalidad que debe normalizarse. No se trata tanto de buscar una adecuada respuesta a un problema. Es algo previo. Es una pregunta: ¿cuál es el problema?
Empecemos con el asunto de la paz. Se puede definir la misma de varias maneras
1. La ausencia de confrontación política armada en el territorio. Pues esa paz ya parece lograda. Uno de los contendientes ha dicho que lo deja de forma incondicional. Luego ya no hay guerra. O sea que desde esta perspectiva no tiene demasiado sentido demandar la paz.
2. Otro enfoque mas riguroso es el que nos habla de la paz como de una situación de convivencia armónica, porque la misma está asentada en la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar de todos lo ciudadanos. Es cierto. Pero también lo es que tal paz y su obtención poco tienen que ver con la confrontación violenta que hemos tenido en las ultimas décadas. En consecuencia deberá demandarse a ese futuro gobierno, como a cualquier otro gobierno y mas allá de la confrontación violenta habida en su territorio, que lleve a cabo políticas de justicia igualdad, etc dirigidas a asentar una verdadera paz
3. Un tercer enfoque es el preventivo. Aquel que hace referencia a demandas y decisiones políticas que impiden o disuadan a determinados grupos a volver a la guerra. Políticas que deslegitiman la vuelta a la violencia. Porque las razones esgrimidas para su vuelta, aparecerán como injustificadas, dado que las decisiones políticas que se implementen irán en la dirección solicitada por los potenciales grupos proclives a la opción violenta. Por el contrario, en un escenario así parecería que tales grupos tendrían causas justificadas para reiniciar la violencia caso de que no lleven a cabo esas decisiones políticas cercanas a sus demandas. Fea conclusión. Acerquemos el asunto. Es bueno y deseable que el nuevo Gobierno Vasco establezca conversaciones interpartidarias dirigidas a discutir, y eventualmente establecer, un nuevo marco de autogobierno. Es bueno y deseable porque es más democrático y porque avanza hacia lo que desde la perspectiva nacional, es deseado por una mayoría de la población. Es bueno y deseable por democrático y por justo. Nada tiene que ver con la paz. Y si tiene que ver con la paz, mal asunto. Quiere decir que ETA, al margen de su declaraciones, todavía no se cree que su cierre es incondicional; que por tanto, para ellos, la paz es la concesión de sus demandas políticas. Por eso, para no alimentar ese posible malentendido (por no llamarlo, ya a estas alturas, increíble ignorancia ) no resulta bueno y deseable pedir la paz. Hay que pedir democracia.
4. Finalmente cabe entender que cuando hablamos de paz pedimos la concreta desaparición de las consecuencias de la guerra . Hay paz -sería mas exacto decir hay más paz- en cuanto se eliminan o al menos alivian, las heridas del enfrentamiento armado. Aquí sí parece que el futuro Gobierno debería y podría hacer cosas concretas. Presionar para que se establezca un camino de salida digna para los presos y para la vuelta de lo exiliados. Y apoyar con todas las medidas de solidaridad posible a las victimas. A todas las victimas por igual.
Lo de la normalización en general también es asunto algo confuso.
Me permito reproducir lo que escribía hace un par de años sobre el discurso del PSE después de asumir el Gobierno de Euskadi, cuando afirmaban su compromiso de cambiar para lograr la normalidad. Literalmente esta es la crítica que hacia:
“(Es al revés. Lo normal es …no cambiar ) Lo normal es dejar las cosas como están. Si se proponen como un gobierno de izquierdas deberían exigir más …anormalidad. Lo normal es lo que hay. Y no puedo creer que al nuevo gobierno le gusta lo que hay.
No se sostiene (la promesa de normalidad) porque…el debate entre normalidad y anormalidad, diseccionado racionalmente, conduce al estricto vacío. Al absurdo. Los que estaban de acuerdo con algunas propuestas del viejo gobierno (nacionalista ) ¿eran una cuadrilla de anormales? Los votantes de izquierda del nuevo gobierno que quieren que este haga una política social transformadora ¿son también anormales por exigir cambios sustanciales? ¿Son normales los gobiernos que promueven el que el personal no se preocupe de los grandes retos de la gestión publica? (me refería a la propuesta de Nuevo Pacto Estatutario de Ibarretxe ) ¿Son más normales que aquellos que introducen en el espacio publico cuestiones de alto significado político? Preguntas de imposible contestación porque se basen en un concepto absurdo y…perfectamente inútil para definir y valorar la acción política “.
Este discurso y concepto de la normalización debe ser mirado con mucho cuidado. Y con mucha prevención.
Así por ejemplo, si la Izquierda Abertzale habla de normalización ¿de que habla? Si lo anormal era la violencia, ya no hay que establecer la normalidad. Esta ya existe dado que ha desparecido la anormal violencia. Si afirma que la normalización consiste en el establecimiento de un nuevo marco jurídico, parece que si lo normal es lo que hay, lo anormal, aunque probablemente justo, sea pedir el cambio. A no ser que pretendan…tranquilizarnos. “Nuestro” nuevo Gobierno -dicen- instaurará la normalidad. Con ello la emoción que se quiere transmitir a los ciudadanos es que tras un época plagada de sobresaltos, y aun de espantos, ahora pasaremos a tiempos de sosiego en los que el gobierno hará, cosas normales, para que nosotros podamos llevar un vida también normal. Pues qué bien. Pero no se sostiene. Porque la guerra ya se acabó por lo que en este extremo nada debe normalizarse. Y por otro lado lo que se supone que quieren hacer es cambiar el status de autogobierno. Abandonar la normalidad de lo que existe, de lo que se autoreproduce cotidianamente. O sea que no nos tranquilicen. Que nos parece muy bien que quieran cambiar. Pero que llamen a las cosas por su nombre.
El concreto asunto de la normalización de la convivencia puede tener otra dimensión. Es cierto que, abandonado este pantanoso y sinsentido discurso de la normalización, el nuevo Gobierno sí debía y sí podía hacer algo para que convivamos mejor. Tendríamos que definir que es convivir mejor y que al respecto podría hacer el gobierno.
El Gobierno podría actuar en el terreno de la reconciliación colectiva social. En ésta no aparecen daños directos materiales tangibles visibles, individualizables. No nos referimos por tanto a los familiares de asesinados, a los lesionados, torturados, amenazados (de realmente amenazados). Hablamos del conjunto de sociedad que ha percibido que se vulneran las normas de convivencia social. Que, con mayor o menor cabreo, no ha sufrido un daño directo, sino que como miembro de esa sociedad ha sentido que las relaciones de convivencia estaban siendo destruidas por la violencia.
Con este escenario en mente, lo mas deseable y probablemente lo único posible, es acordar colectivamente la falta de legitimidad del daño causado y el compromiso claro de que nadie, elegirá la acción violenta por razones o exigencias políticas y/o sociales. Deberían en esta línea especificarse todas las formas de violencia que se rechazan, lo que supondría implícitamente aceptar otra formas de violencia tales como la presión colectiva en la movilización social y/o la coacción legal y legitima del Estado. Y en el impulso, y aun la materialización, de este acuerdo colectivo, el nuevo Gobierno puede tener un papel determinante.