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Capitalizar la Paz

11.04.2011 (8:44 am)

 

Fabio González, politólogo

Fabio González, politólogo

 

Las amplias y justificadas expectativas de Paz en nuestro país se encuentran actualmente en en una zona de convergencia con el inminente proceso electoral de mayo.

En la medida en que la existencia de expresiones de lucha armada y el desarrollo de limitaciones severas en los derechos de participación política han obstaculizado el establecimiento de condiciones estandarizadas de democracia formal en la CAV y Nafarroa, no debería llamarnos la atención que la pacificación forme parte de la agenda política: La Paz, no nos olvidemos, es una decisión colectiva, una voluntad puesta en práctica, es sin género de dudas, un hecho político.

Raramente las opciones político-electorales tienden a defender un estado permanente de violencia y a favor de la violencia. En todo caso, suelen admitir ciertas dinámicas que incluyen la coacción física, siempre en nombre de un orden determinado de las cosas, bien de uno existente bien de otro que se aspira a construir.

El origen del Estado moderno se sitúa en torno a la formulación weberiana de “aquella comunidad humana que detenta el monopolio de la violencia legítima y la aplica con éxito en un determinado territorio”. Esto es, violencia para la Paz. Ese es el pilar fundamental del actual Estado español y lo será, con toda probabilidad, del futuro Estado vasco, si lo hubiere.

Por lo tanto, toda justificación eventual de la violencia se realiza sobre la base una forma específica de entender la Paz, a sabiendas de que dicho orden pacífico, de ser mantenido o logrado, será defendido violentamente si es necesario. Así, las distintas concepciones al respecto luchan por lograr la hegemonía discursiva en la sociedad.

Admitiendo, en consecuencia, la entidad múltiple de la noción de Paz, las ciudadanas y ciudadanos vascos tiene el derecho a incluir en sus criterios políticos y sus posteriores consecuencias electorales su valoración sobre este trascendental asunto: quién ha hecho qué y en qué dirección, con qué intensidad, con qué intencionalidad, con qué eficiencia y con qué efectividad.

Más allá de la crisis económica y de los temas sectoriales, las elecciones forales y municipales tendrán mucho que ver con el devenir de un necesario proceso de disolución unilateral de ETA y del reestablecimiento de todos los derechos humanos, civiles y políticos. Habrá, por tanto quienes, en mayor medida capitalicen las distintas nociones de Paz, quienes lo consigan en menor medida, y quienes fracasen en su legítimo empeño.

Las y los que logren el liderazgo y el refrendo de las urnas no podrán obviar el compromiso que les obligará inexorablemente a lograr un marco de convivencia y a garantizar el cumplimiento de los pasos concretos que avancen en la irreversibilidad del proceso, siendo capaces de lograr puntos comunes inclusivos que constituyan la auténtica Paz Vasca.

Esta, y no otra, ha de ser la prioridad: una vez haya hablado, la sociedad no admitirá menos.

Un nuevo escenario

02.02.2011 (9:04 pm)

Pedro Ibarra, catedrático de Ciencia Política
Pedro Ibarra, catedrático de Ciencia Política

El último comunicado de ETA es el propio e inevitable de un organización política violenta que no acaba de asumir que tiene que cerrar -en silencio- el tinglado. Por un lado, sí está convencida de que la historia -su historia- se acabó entre otras razones y sobre todo porque “su” organización civil, la Izquierda Abertzale (IA), ha decido cortar con ellos. Con prudentes y medidas pero muy claras palabras, la IA ha decidido optar exclusivamente y a todos los efectos por las vías políticas pacíficas. Pero por otro lado, ETA no puede resistirse a la nostalgia de que ellos puedan “vigilar “ que el proceso democrático (léase proceso hacia la autodeterminación e independencia) llegue a buen puerto. De ahí surge esa última frase del comunicado en la que dicen que seguirán luchando hasta que finalice el citado proceso.

Sin duda, esta última frase/afirmación, en serio, no se la creen ni ellos. Es un acto de retórica vanguardista dirigida a su entorno, o solo a ellos mismos o, sin más, a pocos de ellos mismos; es una concesión a una minoría interna más intransigente. Parece bastante evidente que ETA no va a volver a actuar pase lo que pase con el mencionado proceso. Pero una cosa es que no lo haga y otra cosa es que diga que nunca lo va a hacer. Estamos -insisto- en el terreno de la retórica. Porque parece objetivamente contradictorio decir que la tregua es permanente (o sea, que la misma no se va a acabar pase lo que pase) y que dejan que la misma se verifique internacionalmente (o sea, que se supone que otras gentes entrarán en sus espacios y territorios), y a continuación decir que no está claro el que no pudieran dar una vuelta atrás. Nadie, incluido el propio Gobierno y por supuesto la Izquierda Abertzale, creen que van a volver atrás. ETA no va a hacer nada, se legalize o no a la IA. Lo que si entra dentro de lo probable es que, después de la legalización, haga un nuevo comunicado de cierre definitivo, ya sin ninguna literatura. Será el momento de decir que el proceso, gracias a ellos, ya está encarrilado hacia la victoria final y que, por lo tanto, lo dejan definitivamente. Los niveles de ignorancia, arrogancia y autoengaño que pueden exhibir en sus comunicados las organizaciones armadas sectarias (es lo que es ETA desde hace muchos años) no tienen límites. Es lo que hay. En este caso… afortunadamente.

Bajando un poco más a los hechos, tanto el comunicado -la serie de comunicados- como especialmente el proceso de la IA iniciado ya hace bastante tiempo, diseñan dos separados escenarios de conflicto. Por un lado, está el problema (que no, en modo alguno, el conflicto político) de ETA. El como establecer un acuerdo sobre su disolución que, por otro lado, no sea estrictamente necesario formalizar. Este es el escenario real que ahora se abre, entrando dentro de lo muy probable que ETA y el Gobierno inicien contactos dirigidos a ese fin de cierre definitivo. Leer toda la entrada

“No a la prohibición de manifestaciones. Ninguna imposición, ninguna violencia. Sí a los derechos humanos, civiles y políticos”

03.10.2010 (10:22 pm)

José Manuel de Pablos
José Manuel de Pablos

Ayer acudí a la manifestación de Bilbao convocada bajo el lema “No a la prohibición de manifestaciones. Ninguna imposición, ninguna violencia. Sí a los derechos humanos, civiles y políticos”. Mi valoración general sobre el desarrollo de la misma es muy positiva, exceptuando los momentos en los que un numeroso grupo de personas aprovechó el momento para proferir consignas con las que podía estar de acuerdo o no, pero que estaban totalmente fuera de lugar. Si hay que reclamar la independencia y una amnistía se convoca un acto explícitamente para ello y se grita lo que haya que gritar. Eso en el caso de que la autoridad pertinente “tenga a bien” permitir el desarrollo de una manifestación que reivindique tales pretensiones.

No a la prohibición de manifestaciones. Los ejemplos que podía utilizar para justificar la necesidad de convocar una manifestación que reclame el derecho legítimo de la ciudadanía a manifestarse son varios, y no hace falta ir muy atrás en el tiempo. Ayer, una nutrida representación de esa ciudadanía volvió a dar ejemplo de que es posible manifestarse sin causar grandes inconvenientes, siempre que las autoridades públicas renuncien a la coacción y la prohibición y siempre que la policía se limite a realizar funciones que no vayan más allá de garantizar los mínimos transtornos posibles en la jornada para las personas ajenas a las manifestaciones. Y no olvidemos que las distintas policías son un cuerpo al servicio de las autoridades públicas, por lo que la responsabilidad máxima siempre corresponde a estas.

Ninguna imposición, ninguna violencia. No soy ningún experto en anális políticos y sociales, y no quiere perderme en fundamentos filosóficos, que tampoco domino, sobre la pregunta “¿que es imposición? y ¿qué es violencia”? Considero que la mayoría de la población debiera saber discernir entre estos aspectos, y saber, aunque solo fuera de manera intuitiva, cuando se producen cualquiera de estos hechos. Algunas situaciones de este tipo las tenemos todos claras: matar a un ser humano es violencia, torturar a un ser humano es violencia; querer mantener determinado status político es imposición, negarse a desaparecer de la escena contraviniendo los deseos de la mayoría de la ciudadanía es imposición. Ayer decenas de miles de personas se manifestaron en contra. Que tomen nota quienes están obligados a hacerlo.

Sí a los derechos humanos, civiles y políticos. Para que una sociedad pueda desarrollarse libremente es fundamental que esté amparada por unos mínimos que, de forma paradójica, raramente se dan de manera conjunta en las llamadas “sociedades libres”. Toda sociedad que no respete y ampare al individuo de manera particular, y a la propia sociedad de forma conjunta, es una sociedad enferma. Atajar una enfermedad requiere de un tratamiento específico, y la primera premisa de este tratamiento pasa por la educación. Dificilmente respetaremos al adversario como ser digno de respeto si no tenemos asumido que este principio es válido para tod@s y en todo momento. Dificilmente podremos pedir respeto a nuestros derechos si previamente no respetamos los derechos de los demás. Dejemos de buscar causas para “defendernos de los ataques del adversario” y empecemos a buscar causas para “convivir de forma pacífica con el adversario”.

 Foto: Gara

Les está llegando la hora de la verdad

10.09.2010 (12:04 pm)

Iñaki Anasagasti
Iñaki Anasagasti, senador del PNV en el Congreso

Tras los últimos escarceos de ETA para ganar tiempo y no dar el campanazo final, la iniciativa ya no la tienen unos estrambóticos encapuchados sino la posible valentía de gentes varias de HB, ANV, ELA y LAB que decidan de verdad hacer política institucional con los elementos que hay a mano y en los marcos en los que nos desenvolvemos todos, a pesar de que no sean los que nos gustan.

Es fácil demostrar que la acción de ETA estos años ha ido consolidando una Navarra autonómica singular muy alejada de la Comunidad Autónoma Vasca. No era ese el caso en el año 1977 cuando era Araba a quien no le gustaba la cercanía política con Bizkaia y Gipuzkoa, Navarra, una de las reivindicaciones más esgrimidas por la llamada Izquierda Abertzale se encuentra mucho más debilitada gracias precisamente a la acción criminal de ETA. La misma presencia de un gobierno frentista español en Ajuria Enea tiene como causa la existencia de un terrorismo que le ha servido de coartada al viejo partido socialista para ir difuminando sus perfiles vasquistas y obreristas y poder pactar con su mortal enemigo en Madrid.

Estamos pues ante tres hechos inconmovibles a la hora de analizar el gran fracaso de la actuación de ETA en treinta años: cientos de familias golpeadas por un asesinato o un acto violento, una Navarra a años luz del escenario vasco, un gobierno frentista español en Ajuria Enea, sin contar el inmenso tiempo perdido, las cientos de baldías manifestaciones, la herida de las cárceles y la pérdida de una mínima cohesión en el abertzalismo.

Estos, para mí, son hechos irrefutables que bien haría ETA y su ETA sociológica en analizar. No fueron ellos los que crearon el nacionalismo vasco en 1895 en lucha contra el agresivo nacionalismo español y el francés. Un mínimo de autocrítica creo que se impone para no volver a caer en los mismos errores. Decía Chesterton del comunismo y del calvinismo: “Agotan sus dogmas y los llevan a la extenuación, hasta convertirlos en pesadilla”. Buena definición de lo que han sido estos treinta años sin querer quitar un ápice de responsabilidad a unas estructuras impuestas y salvaguardadas por una Constitución española que encarga al ejército la defensa de sus fronteras y la unidad de una “patria común e indivisible”. Ya lo sé. No hace falta que me lo recuerden los que se dan con la capucha en el muro. Prefiero utilizar una mínima inteligencia política para tratar de avanzar ante hechos que están ahí. Y la violencia y el terror, salvando consideraciones éticas, se ha demostrado como un inmenso error, una miserable pérdida de tiempo, un envilecimiento en las relaciones atrincheradas, gentes uniformadas en su vestimenta, haber pasado de despreciar la presencia en las instituciones a sufrir las consecuencias de una injusta y rechazable ley de partidos y estar políticamente como locos para poder participar en las siguientes elecciones legislativas municipales y a Juntas Generales y un infantilismo político típico de adolescentes que a mí me espanta y que tiene pocos visos de curarse en pocas semanas.

Estos pasados días hemos visto en la Casa Blanca al Presidente Obama sirviendo de anfitrión al premier israelí, el muy halcón Netanyahu y al presidente de la Autoridad palestina Abu Amas. Saben que tienen que ceder o seguir con esa guerra hasta el fin de los siglos y si bien Israel no quiere cumplir las resoluciones de las Naciones Unidas, como Marruecos con el Sahara, algo han de hacer si quieren vivir mínimamente con una cierta tranquilidad mientras la acorralada Hamás grita la destrucción total del enemigo judío.

Pero lo que me llama la atención de este hecho es el seguimiento y la simpatía que despierta en Euzkadi los que inconscientemente llevan anudado al cuello el pañuelo palestino, aquel foulard que el insensato de Arafat esgrimía como bandera de su causa a la que no quiso enrumbar por miedo al vacío y por preferir morir de mala manera en su Mukata, antes de negociar absolutamente nada serio para su pueblo. Y sin embargo es Arafat la figura más atractiva para el mundo de HB, lo mismo que el actual líder de Hamás.

Leía sobre estos asuntos un valioso análisis hecho por Marcos Aguinis en el diario La Nación de La Argentina.

“Un ejemplo perfecto de “atrasismo” lo ofrece ahora la Franja de Gaza, decía. Empecemos por reconocer la legitimidad de sus habitantes por conseguir la autodeterminación porque nunca, nunca desde los tiempos de los filisteos, habían gozado de entera libertad. Después del mandato británico cayeron bajo dominio egipcio por dos décadas. En ese período no se les facilitó la autonomía ni el progreso, sino que se los utilizó para hostilizar a las poblaciones civiles de Israel. Aumentó la pobreza y no se permitió que los refugiados de la guerra se integrasen al mercado. Luego cayeron bajo el control israelí. Tras varias décadas de una convivencia aceptable, que incluía trabajo para cientos de miles en la misma Israel y los beneficios de sus hospitales, universidades, provisión de insumos y comercio bilateral, surgieron los antagonismos. Unos diez mil israelíes construyeron en ese territorio varios asentamientos que lograron un despliegue alucinante, porque hasta exportaron flores a Holanda y quesos a Suiza. ¡Desde la Franja de Gaza!. Los reclamos para terminar con la ocupación israelí, sin embargo, hicieron que un duro como Ariel Sharon decidiese retirar todas sus fuerzas e incluso sacar de los pelos y las orejas a los colonos judíos. Gaza se convirtió en un territorio Judenrein (limpio de judíos).

Terminó la ocupación, a la que se le echaba la culpa de todos los males. Sharon tuvo la esperanza que de ahí nacería un significativo avance hacia la paz. Pero Gaza no se convirtió en la piedra basal de un Estado palestino fraterno y progresista, sino en la plataforma de lanzamientos de inclementes misiles. Hace poco visité Sderot, cerca de la frontera, y vi una cantidad impresionante de esos misiles, disparados contra centros comerciales, hospitales y escuelas. Vi también los búnkeres donde huyen a refugiarse cada vez que suena la alarma. Del lado de Gaza, en cambio, no hay refugios porque usan de escudo humano a la población. Si mueren muchos, mayor será su éxito mediático.

Advertí que en Gaza se practica el “atrasismo” en plenitud. No se construyen centros turísticos, ni aprovechan las bellezas del mar, ni los descubrimientos arqueológicos, ni las fértiles huertas y granjas que habían construido los israelíes, ni se marcha hacia una producción que lleve a la prosperidad del pueblo. Al contrario, se gastan millones de dólares en misiles y en demostraciones estériles. En aumentar el atraso. Antes de que Hamas tomase el control, no había “crisis humanitaria”. La crisis fue creada por el gobierno fundamentalista, precisamente, después de rebelarse contra la Autoridad Palestina y asesinar a un centenar y medio de sus funcionarios. No aceptan la solución de dos Estados (uno judío y otro árabe) porque sólo quieren la destrucción del envidiado y exitoso Israel. Su objetivo es destruir, no construir. Echan la culpa al otro e invocan el bloqueo, olvidando por qué nació. Antes de que empezaran a disparar su lluvia de misiles no había bloqueo alguno. Incluso en las actuales circunstancias ingresan a diario en la Franja de Gaza camiones con toneladas de insumos israelíes, que incluyen alimentos, vacunas y artículos medicinales. Muchísimo más de lo que podría aportar la más nutrida flota extranjera. He visto también a numerosos habitantes de Gaza en los hospitales israelíes.

La aún parcialmente ocupada Cisjordania, por el contrario, dejó de enviar criminales suicidas y se dedica a progresar en serio. Por haber disminuido la corrupción y dejar de llamar a la guerra, su crecimiento llegará este año ¡al 10%!. Ahí comienzan a ponerse las bases de un brillante Estado palestino.

Pese a estos datos, el “atrasismo” de Gaza convoca más simpatías. Y estas simpatías sabotean el progreso, eternizan al atraso. Quienes de verdad aman a los palestinos deberían exaltar el modelo de Cisjordania y condenar el de Gaza. No es fácil, sin embargo, desprenderse de la confusión que el “atrasismo” genera. Es una diabólica trampa de la que ni siquiera pueden liberarse muchas mentes lúcidas”.

Me parecieron valientes estas reflexiones aún a pesar de que sería tildado Aguinis de pro israelí y poco menos que de agente del Mossad, algo que, en el cerrado, endogámico y poco oxigenado mundo de la mal llamada izquierda abertzale se usa para anular cualquier análisis que no les dé a ellos la razón absolutamente en todo.

Por eso digo que les ha llegado la hora de la verdad. El seguir actuando con la mentalidad de Hamas o tratar de verdad de hacer política en serio y eso supone aceptar las reglas de la democracia. Y este debate para mí, en este momento, tiene más importancia que saber si ETA ha decidido o no dejar las armas. Porque es la clave.

Cultura para la convivencia

22.04.2010 (9:19 am)

Santiago Eraso

Vivimos tiempos de incertidumbre democrática, desprestigio político y descrédito económico. En el subconsciente colectivo se ha instalado la premisa del triunfo absoluto de la democracia parlamentaria, la consagración de la globalización y el asentamiento definitivo del libre mercado, como única herramienta para la gestión de lo social. En este diagnóstico de la realidad, parafraseando a Tony Judt, sobre el olvidado siglo XX y las ideas que conformaron su tiempo, se impone un nuevo paradigma apolítico, basado en el valor incontestable del presente postmoderno e irrefutable. En una cínica resignación ante la seducción de la actualidad, en un ejercicio de cómoda conveniencia, mostramos el convencimiento -en nuestros cálculos económicos, prácticas políticas, estrategias internacionales e incluso en las prioridades culturales y educativas- de que el pasado no tiene nada de interés que enseñarnos. Todo aquello que el siglo pasado instauró queda convertido en reliquia histórica, monumentalizada, desprovista de las herramientas de análisis y transformación del presente que proporciona la memoria.

Hemos olvidado el verdadero sentido de la guerra, porque la política contraterrorista del consenso internacional nos ciega el juicio y nos amordaza la opinión. Tratamos al Estado como una fuente de ineficacia económica e intromisión social, porque el ejercicio prepotente del individualismo nos produce beneficios particulares más inmediatos y menos fiscalizables, es decir, menos sociales. Hemos olvidado cómo pensar políticamente, porque no concebimos la acción pública más allá de un economicismo estrecho. Somos escépticos, si no activamente recelosos, ante cualquier objetivo político que nos haga pensar más allá de nuestros réditos personales. La democracia, como política de lo común, no nos interesa. Nos olvidamos, con facilidad interesada, que es un sistema de organización política, cuya característica principal es que la titularidad del poder reside en la totalidad de los miembros que constituyen el grupo gobernado; que es un modo de estructurar lo individual y lo colectivo a través de un sistema de representación regulado por elecciones periódicas, pero también una manera integral de comprender y activar las relaciones humanas particulares y universales. En sentido amplio, la democracia es una forma de convivencia social, de construcción comunitaria, entre libres e iguales que luchan por seguir siendo sujetos políticos. Nos olvidamos que se construye desde la memoria, que las cosas son porque, mucho antes, tomaron cuerpo a partir de la acción y la responsabilidad de muchas personas. Leer toda la entrada

La lucha por la paz

13.04.2010 (8:52 am)

Pere Ortega, investigador de Centre d'Estudis per la Pau
Pere Ortega, investigador de Centre d’Estudis per la Pau

Hanna Arendt nos dejó escrito “de las armas podrá salir el poder, pero nunca saldrá la libertad”. Modestamente me atrevo a añadir, tampoco la democracia.

La historia reciente del siglo XX ha sido profusa en ejemplos que ilustran esa realidad. Hay que observar el fracaso de la violencia armada para aportar igualdad y justicia social a aquellos proyectos políticos que pretendían ser portadores de emancipación. Volvamos la vista a los grupos de liberación nacional o que pretendían una revolución social que llegaron al poder en Argelia, Rusia, China, Camboya y tantos otros lugares mediante la violencia armada; o las múltiples guerrillas que en el planeta intentaron implantar sociedades más igualitarias. En ninguna parte vimos como esos proyectos engendraban democracia o libertad. Quizás alcanzaron algo de justicia social que luego desaparecía por culpa de los errores y horrores cometidos mediante la violencia contra los pueblos que pretendían emancipar.

Y es que la violencia hipoteca el futuro de aquellas sociedades que la utilizan y asienta las bases de una violencia cultural. Una solución impuesta con violencia no acostumbra a ser una solución permanente pues aquellos que pierden los privilegios y son expulsados del poder mediante el uso de la violencia, obtendrán argumentos para rearmarse y convertirse a su vez en contra-violencia perpetuando un ciclo irreversible.

Es decir, si el fin justifica los medios, la violencia, en cualquiera de sus formas podrá ser utilizada por cualquiera de las partes en un conflicto para obtener ese fin. Entonces, y concluyo, no podemos tener la menor duda que la injusticia se encuentra tanto en los medios como en los fines si el uno o el otro están del lado de la violencia.

¿Y de qué democracia o paz estoy hablando? Desde luego no de la democracia formal, pues la democracia como sistema político, a pesar del desarrollo alcanzado, continúa albergando en su seno espacios no democráticos. Espacios donde se ejerce violencia cultural, estructural, social o política. Entonces es una tarea ineludible trabajar a favor de una democracia más profunda, más participativa, que abarque todos los ámbitos sociales y económicos. Sólo entonces conseguiremos una sociedad en paz, es decir, sin ninguna clase de violencia.

Engaños

09.04.2010 (7:34 am)

Roberto Cacho
Roberto Cacho

Entre las primeras cosas que aprendí que eran buenas, en el ámbito de la política, no se encuentra que la única solución posible al terrorismo de ETA pasaba por un acuerdo. Me costó llegar a esa conclusión de la que ahora soy un firme convencido. Una paz alcanzada mediante un acuerdo será una paz duradera, sin vencedores ni vencidos; un éxito compartido. En cambio, una paz impuesta sería extremadamente frágil, rodeada de desconfianza, con vencedores y vencidos enfrentados entre sí. Ese enfrentamiento, latente al principio, no permitiría que esa paz lograda artificialmente durase mucho. También reconozco que soy humano y que cuando ETA actúa pienso que el inventor de la Ley del Talión fue una gran persona. Pero no me dura mucho. De hecho, tenía pensado escribir esto hace unos días, y preferí dejarlo “en barbecho”, porque la cercanía del asesinato de Jean-Serge Nérin me haría escribir más con la emoción que con la razón. Y en este proceso la emoción no es un buen camino.

Esas dudas por las que se pasa en los peores momentos, son lógicas en cualquier persona: no podemos abstraernos de la carga emocional de un asesinato. En cambio, los políticos que tienen que llevarnos hasta una paz estable y definitiva deben dejar a un lado esas emociones y actuar exclusivamente en base a la razón. A pesar de ello, son quienes más cambian de mensaje y no mantienen una postura clara y duradera sobre cuál debe ser la mejor solución, decidiendo más con el corazón que con el cerebro. Aznar estuvo a favor del diálogo con ETA, y ahora se retracta de lo que dijo. Lo mismo pasó con Zapatero, quien se mostró dispuesto a hablar con ETA, y ahora se opone a cualquier acuerdo. En el otro lado, Batasuna tampoco ha ayudado mucho a llegar a ese acuerdo. A diferencia de los anteriores, su postura parece firme. Y ese es precisamente su problema (y el nuestro). En manos de Batasuna está la posibilidad de que buena parte de la población que apoya el terrorismo, deje de hacerlo. Pero sigue hablando de proceso democrático sin desmarcarse definitivamente de ETA.

En esos juegos de negocio/no negocio, me desmarco de ETA pero no mucho…, hay determinadas expresiones con las que los políticos tratan de convencernos (creo que buscando el engaño) de que lo que hacen es lo correcto. El PP y el PSOE hablan de “no negociar”, pero jamás les he oido hablar de “no llegar a un acuerdo”. Lo de no negociar con terroristas tiene, para ellos, fácil defensa, pero otra cosa muy distinta es negar la posibilidad de llegar a un acuerdo. ¿Serían capaces de decir con esa claridad que no es bueno llegar a un acuerdo de paz? El lenguaje tiene sus trampas y para estos partidos es más fácil vender lo malo de un difícil camino (las búsqueda del acuerdo o, como dicen ellos, la negociación) que lo bueno de un final feliz (la paz). Batasuna, como decía, está en el mismo juego. En la Declaración de Anoeta encontramos expresiones como “acuerdo”, “diálogo”, “resolución del conflicto”, “proceso de paz”, “resolución democrática”. ¡Qué bien suenan! Si hasta casi dan ganas de votarles (si se pudiera). Pero son palabras que, cuatro años después de haber sido puestas negro sobre blanco, suenan vacías, sin ninguna credibilidad. ¿Cómo es posible recorrer un proceso de paz sin rechazar la violencia?

Este juego de unos y otros es una tremenda irresponsabilidad. Me siento engañado por ambas partes. El PSOE y el PP deben aclarar si creen o creyeron alguna vez en un acuerdo de paz; si nos engañan ahora o nos engañaron antes. Batasuna debe aclarar lo que para ellos es una solución democrática, a qué conflicto se refiere, y cómo entienden la paz, porque a veces me da la impresión de que su democracia no es mi Democracia. En la mía ni se mata ni se tolera que se mate. Esta irresponsabilidad nos puede llevar, como mucho, a una “pax romana”, un periodo relativamente tranquilo, pero con la imposición de una de las partes, la que tiene el poder. Entonces fue Roma la que impuso “su paz” al resto de territorios conquistados. Y no me gusta esa paz artificial. Prefiero una Paz con mayúsculas, duradera, confiable, en libertad. Podríamos llamarle la Pax Bascorum.

“The whole picture”

08.04.2010 (9:16 am)

José María Ripalda, catedrático de filosofía
José María Ripalda, catedrático de filosofía

En la cadena de televisión Al Jazzira hay un spot repetido que muestra por ejemplo la cara de un bonito niño sonriendo; en una segunda toma más amplia se le ve empuñando un kalasnikov. O bien aparece primero la cara de un anciano apacible y en una segunda toma se le ve rodeado de cadáveres y ruinas, etc. El spot se llama “la imagen entera”.

En realidad la imagen nunca es entera, siempre será a lo sumo un enfoque que tomamos o que aceptamos. También la verdad admite grados, puede ser mucha o poca, compacta o tenue, y encierra el error como una de sus posibilidades propias.

Las “víctimas” son una imagen real, ¿cuál es su imagen entera? Como imagen esgrimida son un modo de seguir la guerra… con imágenes parciales y contenidos implícitos, cuando no ocultos. Incluso hay una “Asociación de víctimas” que da la impresión de un ‘dejà vu’: “los gloriosos Caídos” que me inculcaron en mi infancia como justificación del Régimen frente a sus inexistentes víctimas. ¿No pertenece esto “to the whole picture”?

Las “víctimas” como arma de guerra; pero también como argumento político: Una vanguardia abertzale podrá esgrimir sus víctimas, agravios, sufrimientos e injusticias –porque son muchas,  graves y de un modo u otro nos afectan a muchos- ; pero eso no justificará por sí mismo su línea política y, en su caso,  militar. Del lado de la fidelidad al Estado español, en cambio, se podrá esgrimir las víctimas, pero tampoco eso vale ni para justificar una política ni para darse buena conciencia. Falta siempre “the whole picture”. Nadie podrá presumir de tener la imagen completa. Pero ¿estamos condenados a que la embestida al trapo sea el símbolo común de la piel de TORO?

Tratar de acercarse a la imagen más grande supone mucha voluntad y alguna inteligencia. Y supone también ciertos acuerdos sociales mínimos; no van en esta dirección los signos que vienen de la parte más poderosa en el conflicto, y la hay; tampoco eso se puede enmascarar bajo las “víctimas”.

Se ha sustituido la política por la ética; y se ha declarado al Estado idéntico con la ética, lo cual no sólo es falso, sino inverosímil y desmentido día a día por los hechos. Es decir, se elimina la disidencia de derecho, no sólo de hecho. Y aquí, tras el telón de las víctimas, empiezo a entrever algo todavía más siniestro. Pues el hecho de que se hable tanto de las víctimas, de que sean una imagen tan potente, me sugiere que estará ocultando tal vez cosas más graves incluso que el conflicto vasco. Por de pronto las “víctimas” no son modelos de consecuencia o de acción, sino que se nos presentan como pasivas, en el comportamiento que se espera de nosotros, con cuya santidad “inocente” debemos identificarnos como una especie de yo ideal. ¿No es así como funciona la formación de opinión mediática? ¿No es necesario que así sea ante la brutalidad de lo que hoy ocurre no sólo en Euskal Herria, sino en el mundo, con nuestra pasividad o nuestra participación?

Porque nada va a salvar ni a Euskal Herria ni a España, ambas condenadas, además de ya asoladas por el cainismo. Porque todos estamos arrojados a no ser más que aquello en que nos está convirtiendo la enorme máquina ciega que desterritorializa y reterritorializa el mundo. Su administrador es el consumo indiscriminado, en el que estamos metidos de hoz y coz, como agentes cada vez más clónicos, más odiosos frente a todo lo que perturbe nuestro letargo político. Nos centramos en la imagen parcialísima de nuestro bienestar privado, protegido con un escudo más bien folklórico-policial, y cerramos la foto sin ni siquiera ser capaces de un signo propio resistente a la imagen vacía en que nos convierten.

Sólo en zonas marginales –geográfica o/y socialmente- veo la posibilidad de que se generen nudos de resistencia activa. España fue uno de esos lugares antes de ser exterminada por quienes han configurado la de ahora; sólo existe ya su simulacro, rabioso cuando se siente llamado por su nombre, pero también rabioso con los muchos brotes en él que ni el fuego consiguió eliminar. Y Euskal Herria me parece ese lugar de resistencia mucho menos de lo que tendemos a creernos los vascos, si se me permite hablar así.

Nos van a ofrecer de  nuevo LA democracia, SU democracia, la democracia MUNDIAL, que no podemos aceptar. Hará falta inteligencia para ir encontrando  caminos que no podemos prever, pero en los que algunos sabemos lo que no vamos a aceptar nunca y en los que sabemos cada vez con más precisión dónde está el  enemigo, sin situarlo cerca en la casa de al lado, sino siempre también más cerca, incluso en la propia.

Democracia, política y participación

04.02.2010 (3:34 pm)

Alicia Suso   Parte Hartuz


No es nueva para casi nadie idea de crisis de la democracia, de la política y de la participación en nuestra sociedad. La actitud general de una gran parte de la ciudadanía hacia la política y las instituciones es negativa, oscila entre la indiferencia y el escepticismo, entre la ausencia de posicionamiento o confrontación, el aburrimiento, y la desconfianza, el recelo, la frustración.

Podríamos pensar entonces que es el tiempo de la sociedad civil organizada, de los movimientos sociales, de las asociaciones… y de las personas que están dispuestas a decir, proponer, construir algo distinto, de manera colectiva. Pero el asociacionismo y las formas tradicionales de participación no encuentran entre la gente una gran aceptación. Los motivos, muchos y diversos: un modelo de sociedad individualista, una política de fomento del asociacionismo prácticamente inexistente o poco adecuada, falta de autonomía económica en las propias asociaciones, problemas de democracia interna en las entidades, ausencia de sensación de excepcionalidad e algunos aspectos (violencia, imposibilidad de acceso a un empleo y a una vivienda digna…),… seguro que la lista podría ampliarse.

Podría ocurrir, que el supuesto rechazo a la política y la participación por parte de las personas jóvenes en particular y de la ciudadanía en general no sea tal, sino, más bien, un rechazo a un tipo de política y un tipo de participación poco adaptado a los nuevos tiempos. Podría ser, un rechazo que abriese el camino a nuevas formas de participación más abiertas, más flexibles, más transformadoras. Frente a la visión de decrecimiento, la de cambios en el modelo de participación.

Sería interesante indagar en esta idea (muchas personas ya lo están haciendo), impulsar formas de participación diferentes… sin renunciar a la capacidad transformadora, tan necesaria en los tiempos que corren. ¿Alguna idea?