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Paz y convivencia

08.06.2010 (8:57 am)

Esteban Umerez Argaia
Esteban Umerez Argaia, abogado

Les voy a pedir que lean con atención la cabecera de esta página procesodepaz.org: “el esfuerzo de la sociedad vasca por la paz y la convivencia”.

Define con precisión el sujeto (la sociedad vasca), el medio (el esfuerzo) y el objeto (la paz y la convivencia). Y si hay un objetivo social y colectivo al que deberíamos dedicar nuestros esfuerzos, éste es sin duda el de mayor importancia, clave para cualquier otro proyecto colectivo, sea del color que sea.

Hace unos años asistí a una conferencia de John Hume en el Paraninfo de la Universidad de Deusto. Era a la sazón líder del SDLP irlandés y, si no recuerdo mal, aún no se habían producido los acuerdos de Viernes Santo, estaban en pleno proceso. Haciendo un relato histórico, se refirió al anhelo irlandés de expulsar a los ingleses. Reproduzco la cita de manera aproximada, claro, reconstruyendo lo que mi frágil memoria pudo registrar entonces: “we once realized that they were as Irish as we were, that we were bound to live together in the island” (y nos dimos cuenta de que eran tan irlandeses como nosotros, que estábamos obligados a vivir juntos en la isla).

John Hume resumía así el principal motor del proceso que les llevaría a la paz: la constatación de la necesidad de convivencia. Y, en nuestro caso, creo que son las mismas palabras las que condensan el esfuerzo en el que nos debemos empeñar: paz y convivencia. Aprehender la noción más íntima de que estamos obligados a vivir juntos.

Creo sinceramente que nuestros representantes políticos nos están llevando por el camino equivocado. El leit motif de la “deslegitimación de la violencia” presenta una formulación que se muestra como incontestable, pero que esconde, en mi opinión, una filosofía perversa de revancha, victoria y sometimiento del vencido. Y estoy profundamente convencido de que se trata del camino erróneo, que no nos acerca a la paz y a la convivencia, sino que, muy al contrario, nos aleja.

La sociedad vasca ha deslegitimado la violencia hace ya muchos años. No se le pueden pedir más pruebas. El “ya, pero” de quienes insisten en el planteamiento esconde un plus de deslegitimación: no sólo se trata de la violencia, se trata de deslegitimar también los planteamientos políticos que pudiera haber detrás de la violencia.

Y esa rueda, una vez que se pone en marcha, puede llevarnos al infinito de la perpetua deslegitimación. Porque también hay una violencia institucional y estructurada en el Estado, con una agenda muy clara, igualmente susceptible de deslegitimación. El mero planteamiento de esta realidad conlleva la acusación inmediata de equidistancia, que a su vez contiene por definición la formulación de la existencia de dos extremos irreconciliables. Y así, seguimos sin arreglar nada hasta el infinito.

Por el contrario, creo que la cabecera de esta página web destaca los dos términos que deben marcar el camino a una verdadera solución. Paz y convivencia. Estamos obligados a vivir juntos.

Y, para eso, debemos mirarnos a los ojos y conocernos los unos a los otros, ver quiénes somos y entender qué vidas tenemos, cómo las percibimos y cómo ponemos todo eso junto.

Quizá me equivoque, porque en realidad lo único que estoy haciendo es proyectar a nivel colectivo mi propia necesidad personal. Pero es que yo necesito entender cómo siente una persona dependiendo constantemente de su escolta, mirando por las mañanas debajo del coche, viendo su nombre en una pintada, temiendo que quizá no le pillen a él o ella, sino a alguien de su familia, cogiendo un autobús para visitar a un familiar preso, recibiendo la noticia de su enfermedad crítica, desnudándose para que un funcionario le registre, sabiendo que su hija lleva cuatro días incomunicada en un calabozo, recibiendo la notificación de que no va a salir de la cárcel el sábado que viene, sino que le han alargado diez años más la condena…

En fin, la casuística de la violencia es interminable. Pero creo que debemos aproximarnos a ella para comprender el sufrimiento, no para desear la venganza. Y por lo que hace a la agenda política que cada uno pueda tener, creo que debemos renunciar a la visión consistente en la existencia de un contrario y su derrota. Debemos “convencer”, no tenemos ninguna necesidad de “vencer”.

Por todo ello, creo que debemos huir del “fin de la violencia”, y marcar el objetivo en “la paz y la convivencia”. Este foro, y muchos otros que la sociedad vasca creará en su esfuerzo, son los lugares a los que debemos acudir para andar ese camino.

Cultura para la convivencia

22.04.2010 (9:19 am)

Santiago Eraso

Vivimos tiempos de incertidumbre democrática, desprestigio político y descrédito económico. En el subconsciente colectivo se ha instalado la premisa del triunfo absoluto de la democracia parlamentaria, la consagración de la globalización y el asentamiento definitivo del libre mercado, como única herramienta para la gestión de lo social. En este diagnóstico de la realidad, parafraseando a Tony Judt, sobre el olvidado siglo XX y las ideas que conformaron su tiempo, se impone un nuevo paradigma apolítico, basado en el valor incontestable del presente postmoderno e irrefutable. En una cínica resignación ante la seducción de la actualidad, en un ejercicio de cómoda conveniencia, mostramos el convencimiento -en nuestros cálculos económicos, prácticas políticas, estrategias internacionales e incluso en las prioridades culturales y educativas- de que el pasado no tiene nada de interés que enseñarnos. Todo aquello que el siglo pasado instauró queda convertido en reliquia histórica, monumentalizada, desprovista de las herramientas de análisis y transformación del presente que proporciona la memoria.

Hemos olvidado el verdadero sentido de la guerra, porque la política contraterrorista del consenso internacional nos ciega el juicio y nos amordaza la opinión. Tratamos al Estado como una fuente de ineficacia económica e intromisión social, porque el ejercicio prepotente del individualismo nos produce beneficios particulares más inmediatos y menos fiscalizables, es decir, menos sociales. Hemos olvidado cómo pensar políticamente, porque no concebimos la acción pública más allá de un economicismo estrecho. Somos escépticos, si no activamente recelosos, ante cualquier objetivo político que nos haga pensar más allá de nuestros réditos personales. La democracia, como política de lo común, no nos interesa. Nos olvidamos, con facilidad interesada, que es un sistema de organización política, cuya característica principal es que la titularidad del poder reside en la totalidad de los miembros que constituyen el grupo gobernado; que es un modo de estructurar lo individual y lo colectivo a través de un sistema de representación regulado por elecciones periódicas, pero también una manera integral de comprender y activar las relaciones humanas particulares y universales. En sentido amplio, la democracia es una forma de convivencia social, de construcción comunitaria, entre libres e iguales que luchan por seguir siendo sujetos políticos. Nos olvidamos que se construye desde la memoria, que las cosas son porque, mucho antes, tomaron cuerpo a partir de la acción y la responsabilidad de muchas personas. Leer toda la entrada

“The whole picture”

08.04.2010 (9:16 am)

José María Ripalda, catedrático de filosofía
José María Ripalda, catedrático de filosofía

En la cadena de televisión Al Jazzira hay un spot repetido que muestra por ejemplo la cara de un bonito niño sonriendo; en una segunda toma más amplia se le ve empuñando un kalasnikov. O bien aparece primero la cara de un anciano apacible y en una segunda toma se le ve rodeado de cadáveres y ruinas, etc. El spot se llama “la imagen entera”.

En realidad la imagen nunca es entera, siempre será a lo sumo un enfoque que tomamos o que aceptamos. También la verdad admite grados, puede ser mucha o poca, compacta o tenue, y encierra el error como una de sus posibilidades propias.

Las “víctimas” son una imagen real, ¿cuál es su imagen entera? Como imagen esgrimida son un modo de seguir la guerra… con imágenes parciales y contenidos implícitos, cuando no ocultos. Incluso hay una “Asociación de víctimas” que da la impresión de un ‘dejà vu’: “los gloriosos Caídos” que me inculcaron en mi infancia como justificación del Régimen frente a sus inexistentes víctimas. ¿No pertenece esto “to the whole picture”?

Las “víctimas” como arma de guerra; pero también como argumento político: Una vanguardia abertzale podrá esgrimir sus víctimas, agravios, sufrimientos e injusticias –porque son muchas,  graves y de un modo u otro nos afectan a muchos- ; pero eso no justificará por sí mismo su línea política y, en su caso,  militar. Del lado de la fidelidad al Estado español, en cambio, se podrá esgrimir las víctimas, pero tampoco eso vale ni para justificar una política ni para darse buena conciencia. Falta siempre “the whole picture”. Nadie podrá presumir de tener la imagen completa. Pero ¿estamos condenados a que la embestida al trapo sea el símbolo común de la piel de TORO?

Tratar de acercarse a la imagen más grande supone mucha voluntad y alguna inteligencia. Y supone también ciertos acuerdos sociales mínimos; no van en esta dirección los signos que vienen de la parte más poderosa en el conflicto, y la hay; tampoco eso se puede enmascarar bajo las “víctimas”.

Se ha sustituido la política por la ética; y se ha declarado al Estado idéntico con la ética, lo cual no sólo es falso, sino inverosímil y desmentido día a día por los hechos. Es decir, se elimina la disidencia de derecho, no sólo de hecho. Y aquí, tras el telón de las víctimas, empiezo a entrever algo todavía más siniestro. Pues el hecho de que se hable tanto de las víctimas, de que sean una imagen tan potente, me sugiere que estará ocultando tal vez cosas más graves incluso que el conflicto vasco. Por de pronto las “víctimas” no son modelos de consecuencia o de acción, sino que se nos presentan como pasivas, en el comportamiento que se espera de nosotros, con cuya santidad “inocente” debemos identificarnos como una especie de yo ideal. ¿No es así como funciona la formación de opinión mediática? ¿No es necesario que así sea ante la brutalidad de lo que hoy ocurre no sólo en Euskal Herria, sino en el mundo, con nuestra pasividad o nuestra participación?

Porque nada va a salvar ni a Euskal Herria ni a España, ambas condenadas, además de ya asoladas por el cainismo. Porque todos estamos arrojados a no ser más que aquello en que nos está convirtiendo la enorme máquina ciega que desterritorializa y reterritorializa el mundo. Su administrador es el consumo indiscriminado, en el que estamos metidos de hoz y coz, como agentes cada vez más clónicos, más odiosos frente a todo lo que perturbe nuestro letargo político. Nos centramos en la imagen parcialísima de nuestro bienestar privado, protegido con un escudo más bien folklórico-policial, y cerramos la foto sin ni siquiera ser capaces de un signo propio resistente a la imagen vacía en que nos convierten.

Sólo en zonas marginales –geográfica o/y socialmente- veo la posibilidad de que se generen nudos de resistencia activa. España fue uno de esos lugares antes de ser exterminada por quienes han configurado la de ahora; sólo existe ya su simulacro, rabioso cuando se siente llamado por su nombre, pero también rabioso con los muchos brotes en él que ni el fuego consiguió eliminar. Y Euskal Herria me parece ese lugar de resistencia mucho menos de lo que tendemos a creernos los vascos, si se me permite hablar así.

Nos van a ofrecer de  nuevo LA democracia, SU democracia, la democracia MUNDIAL, que no podemos aceptar. Hará falta inteligencia para ir encontrando  caminos que no podemos prever, pero en los que algunos sabemos lo que no vamos a aceptar nunca y en los que sabemos cada vez con más precisión dónde está el  enemigo, sin situarlo cerca en la casa de al lado, sino siempre también más cerca, incluso en la propia.

Zona de sombras

30.03.2010 (9:18 am)
Santiago Eraso

Los seres humanos renunciamos a parte de nuestra libertad para conseguir mayor seguridad. El control del uso atemperado de la violencia que el Estado ejerce para garantizar nuestros derechos y deberes es una cuestión central del ethos democrático. Tanto es así que, para que un régimen político pueda considerase democrático, las prerrogativas que concedemos al Estado para el ejercicio de la fuerza, siempre deben pasar por el estricto cumplimiento de la ley, porque su justa aplicación impide cualquier deriva autoritaria y modera las formas de coerción.

El equilibrio entre la utilización de la violencia legítima que ejerce el Estado y el respeto a todos los derechos de los ciudadanos es el pilar fundamental por el que se demuestra la verdadera esencia democrática de cualquier sistema político.

Biopoder es un concepto acuñado por Michel Foucault para referirse a un conjunto de tecnologías de dominación y control de la población que los Estados modernos aplican para la regulación y normativización de sus ciudadanos. En su libro Vigilar y castigar, el filósofo francés analiza las relaciones entre el poder y las personas y nos muestra como el Estado pretende convertir la vida humana en objeto administrable en todos los ámbitos donde la ley pueda ser aplicada.

Con anterioridad, el sociólogo norteamericano Erving Goffman, en su libro Internados, ya había desarrollado el concepto “institución total”, término acuñado para describir las condiciones de vida en las cárceles, psiquiátricos, internados escolares y otros espacios de reclusión. En la actualidad, por extensión del significado, también se emplea para describir centros de internamiento para extranjeros, centros de acogida para niños o menores y otras variantes más imprecisas, pero igual de reguladoras de la vida de algunas personas. Del mismo modo, otras medidas coercitivas como la ampliación del tiempo de estancia en comisaría, malos tratos físicos y psicológicos están siendo motivo de análisis y denuncia de diferentes organismos internacionales, vinculados a los Derechos Humanos.

Más allá de estas tecnologías de internamiento, otros sutiles mecanismos de invasión y vigilancia permiten que el biopoder alcance los rincones más privados de nuestra vida personal. Estamos entrando en sociedades de control, que ya no funcionan tan sólo mediante el encierro sino ejerciendo una vigilancia continua y una comunicación instantánea. Siempre y en todo lugar, estamos cada vez más “protegidos” y, por tanto, en nombre de nuestra seguridad, somos conminados a ceder al Estado nuestra libertad. Asistimos impávidos a que las zonas de sombras que rodean la democracia se extiendan a los umbrales de nuestros cuerpos. Vivimos cada vez más expuestos, sin que nuestra capacidad de reacción permita poner en cuestión la autoridad sobrevenida que actúa por encima y, demasiadas veces, por debajo de la ley.

En su trilogía “Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida”, Giorgio Agamben intenta demostrar que toda la historia jurídica de occidente constituye un intento de gestionar la vida humana, reduciéndola a nuda vida. La mayor y última consecuencia de considerar al hombre como mera vida, es que ésta puede ser aniquilada sin que el delito entre en la esfera de lo punible. Los campos de concentración de exterminio serían el paradigma de esta impunidad. Esta circunstancia límite somete a una dura prueba todos los referentes éticos válidos hasta el momento. El filósofo italiano intenta mostrar que los remedios humanistas -Declaración de Derechos Humanos, Declaraciones Internacionales por la Paz, etc.- son impotentes ante el extremo gesto de la biopolítica, y que sólo encarando ésta como realidad mundial, como cumplimiento paradójico de la promesa del desarrollo social y político de occidente, puede plantearse resistencia a cualquier deriva autoritaria.

Queda tanto por hacer

24.03.2010 (9:00 am)

IME
IME

A veces echo un vistazo a todo lo que rodea a este gran esfuerzo por un nuevo proceso de paz, y a pesar de los datos esperanzadores que nos suceden, no puedo evitar dejar de ser pesimista, pesimista por la terrible desproporción que hay entre lo conseguido hasta hoy y lo que queda por conseguir. No se habrá conseguido nada si antes no se consigue cambiar la mentadidad de la sociedad en la que vivimos.  Me explico.

Como salmantino de nacimiento y descendiente de familia navarra, me considero con capacidad suficiente como para analizar de primera mano las grandes diferencias que existen de percibir la realidad en uno y otro lado del Ebro, ambas partes del estado son como el alfa y el omega, como el blanco y el negro, y el hecho de que todo el aparato del estado, tanto a nivel político como periodístico controle de lleno uno de esos dos lados me preocupa. La sociedad vasca sin lugar a dudas tiene sus imperfecciones y aspectos a mejorar, pero en la sociedad española en sí, cuanto más en esta España profunda de la meseta que me ha tocado vivir, existe una percepción de la realidad que choca frontalmente con los principios básicos sobre los que se sujeta este nuevo proceso de paz que deseamos, se confunden términos, el etnocentrismo que se respira es brutal, no existe tolerancia a la diversidad y es el propio aparato del estado del que hablaba antes quien da fuelle a ese pensamiento, desde el Rey, al presidente del gobierno, pasando por sus distintos ministros y demás instituciones. Lo que opine la sociedad vasca siempre será deleznable e intolerable siempre que sea una opinión diametralmente opuesta a la del otro lado de la orilla ¿por qué?

La sociedad española debe ser democratizada, no es normal que mi familia tras treinta años viviendo aquí celebre que un presunto de “algo” sea torturado, antes no pensaban así, ¿quién les ha contaminado? no es normal que esa postura sea la mayoritaria aquí, en esta sociedad en la que vivo, no existe el nacionalismo español, los nacionalistas son los demás, hablan de unidad e igualdad cuando quieren decir uniformidad y homogeneidad (todos somos iguales mientras todos los demás seais como yo), hablan de integrar las demás culturas en España cuando se refieren a la más clara descripción de etnocidio, para ellos, imponer el catalán es excluir, imponer el español como lengua única es “normalizar”, para ellos no existe el conflicto vasco, solo existen cuatro asesinos que un día decidieron existir como ETA porque odiaban a España y son muy malos, para ellos no existen naciones en españa, solo existe la nación española, en fín, como diría el poema de Eduardo Galeano, ellos hacen arte, los demás artesanía, ellos hablan idiomas, los demás dialectos, ellos tienen cultura, los demás folklore, y así hasta un largo etcétera. Y por supuesto, y al hilo del primer ejemplo, aquí lo único que vale es la unidad de España, lo demás es herejía. Leer toda la entrada

El sexto continente

10.03.2010 (9:29 am)

Manuel Domínguez Moreno, periodista, escritor y poeta

La historia de algunos pueblos no es más que el relato continuo de un Exodo permanente a la búsqueda de unas señas de identidad, de un territorio, de una cultura o, si me apuran, de un Estado que le otorgue carta de naturaleza a sus legítimas aspiraciones en el panorama internacional y en el devenir del resto de las naciones del planeta. Su bien más preciado es la libertad y, casi en el mismo plano, la independencia. Tener la capacidad de decidir su futuro por sí mismo. Poder soñar con lo que quiere ser porque de esta manera comienza a hacer realidad sus pretensiones, a dibujar sus designios, a construir un proyecto, a concretar un propósito, a pergeñar una ambición, compartir un anhelo y mantener viva una esperanza cierta. La historia de la humanidad la protagonizan aquellos pueblos que han logrado que su legado perdure y se transmita de generación en generación.

Es la crónica de una supervivencia en la que han sobrevivido aquellos que nunca se sometieron a los elementos ni a las circunstancias, que no doblaron la cabeza y mantuvieron la frente alta ante los condicionantes de su Epoca y destrozaron paradigmas y modelos para crear otros nuevos, todos los hombres que nunca fueron esclavos de otros hombres ni renunciaron jamás a su memoria en la búsqueda inútil del tiempo perdido, en el intento vano de romper las cadenas que aprisionan el alma, amordazan el verbo y someten la conciencia. Nos podrán despojar de todo, pero seguiremos vivos incluso cuando no reste nada por hacer porque aún conservamos la palabra. Por más que se repita la historia, el futuro sólo pertenece a los que no pierden la esperanza y creen en el cambio entendido como una revolución. La globalización, ese cáncer que avanza conquistando territorios y destruyendo conciencias, propagando la enfermedad incurable de la intransigencia y convirtiendo la insolidaridad y la injusticia en pandemia, profundizando en la brecha moral y en el abismo que separa a ricos y pobres, sólo acerca a los poderosos de este mundo y si rompe algunas barreras es para que el dinero pueda circular libremente, no para que se construyan hospitales y escuelas. Una multinacional siempre optará por patentar la anhelada vacuna contra el sida antes que distribuir gratuitamente un genérico que acabe con la enfermedad.

Hombre rico y hombre pobre. Dictaduras públicas y dictaduras privadas. El fenómeno de la deslocalización salvaje que permite trasladar la producción Integra de fábricas rentables a países en los que la mano de obra es más barata. Niños explotados en talleres hasta la extenuación, cosiendo a mano el calzado deportivo y la camiseta que lucirán las estrellas galácticas del deporte en el circo romano de la televisión. Menores violados en paraísos de la prostitución donde acaudalados turistas del sexo viajan en primera clase y gozan humillando a personas que han sido despojadas de su condición humana pero que contribuyen con su sucia y lúbrica actividad a equilibrar la balanza de pagos e incrementar el Producto Interior Bruto de sus depauperados países de origen. Su nación es su estómago y su hambre es personal e intransferible. Prefieren arriesgar y perder la vida en el desesperado intento de alcanzar a cualquier precio el paraíso capitalista antes que sucumbir a una realidad que a fuerza de ser brutal y cruel se ha convertido en el infierno cotidiano. Prefieren la muerte antes que seguir alimentando un sistema que les niega el pan y la sal. Leer toda la entrada