El ocaso armado
05.12.2011 (9:56 am)
En un artículo anterior para la iniciativa “Proceso de Paz” de Lokarri, reflexioné sobre las limitadas posibilidades contemporáneas de la estrategia armada en nombre de las aspiraciones populares dado el -en apariencia- irreversible avance del axioma del Estado como ostentador del monopolio de la violencia legítima.
Volviendo al tema, sin menospreciar la acción de otras expresiones de África y Asia, y dejando a un lado los- llamémosles- elementos de guerra internacional del islamismo fundamentalista y/o integrista, en los países de occidente y Latinoamérica (es controvertido tanto incluirla como excluirla de dicho modelo civilizatorio) tres han sido los grupos armados populares de bandera: El IRA y su acción en Irlanda y el Reino Unido, ETA y su acción en Euskal Herria, España, Francia (y otros) y las FARC (y el ELN, etc) y su actividad en Colombia.
El tiempo ha querido que las condiciones sociopolíticas en las que estas tres expresiones han acabado, están acabando o van a acabar sean parecidas u homologables. En los tres casos se ha percibido una ruptura del apoyo popular a las estrategias político-militares y una apuesta por la exclusividad de las vías políticas, acompañado de una legitimización en el concierto internacional ascendiente y de facto del Estado instituido contra el que se lucha (ya sea el británico, el español/ francés o el colombiano). Todo ello, además, en una suerte de línea temporal compartida en el ideario colectivo en la cual, y esto es demoledor, las armas como lucha política e ideológica quedaban desfasadas, antiguas, obsoletas. Contra ello ninguno de los grupos mencionados supo o pudo revertir el hilo discursivo hegemónico que cada día que pasaba los arrinconaba en los archivos de la Historia. Y, en las condiciones actuales, ningún otro lo conseguirá. Todo un ocaso armado.
El pasado octubre la organización ETA puso fin a cuatro décadas de actividad, hecho que ha sido celebrado principalmente por la sociedad vasca pero que, a su vez, ha tenido una repercusión internacional considerable. Pareciera, no obstante, que el alivio generalizado que supone dicho anuncio se hubiera diluido en parte por las circunstancias de incipiente penuria económica y por los movimientos políticos y electorales previos que ya vaticinaban la feliz noticia y que, al mismo tiempo, le restaban la espectacularidad mediática tan necesaria para que en el siglo XXI una notica sea eso, una noticia.
Menos de un mes después, y de una forma bastante más abrupta y americana, el estado colombiano eliminaba físicamente a los principales dirigentes de la dirección de las FARC. Escasos días antes un ex-guerrillero del M-19 se hacía con la alcaldía de Bogotá en las elecciones y se fotografiaba con el Presidente en el cargo a las pocas horas. El Estado colombiano ha enviado, así, un mensaje evidente de lo que está dispuesto a aceptar y lo que no.
Con sus particularidades, Colombia quiere dejar de ser la excepción guerrerista de América del Sur y cuenta para ello con un aliado inmejorable, el mismo que ha acompañado a la desmovilización o disolución de las experiencias armadas europeas: El hartazgo de la gente.
Las mayorías de opinión en Colombia no reparan en exceso si lo suyo se trata de una guerra civil o no, si las injusticias originarias de la expresión armada son razonables o no, en Colombia lo que importa es ponerle fin al asunto para pasar página y acoplarse al tren del nuevo progreso latinoamericano, y la tendencia planetaria dice que quienes paran son los grupos armados, no los Estados. Por si fuera poco el pragmatismo invita a pensar que la garantía de los Derechos Humanos por parte del Estado será mejor cuando no existan elementos armados que alimenten su violación. Demasiados contras para tan pocos pros.
Las FARC, el ELN así como ETA o el IRA han fracasado o están fracasando en su intento por la vía de las armas de superar al Estado constituido para instaurar uno nuevo, su principal motto. Por el contrario, sus referentes sociológicos han logrado un notable desempeño en la acción política, auspiciados desde hace unos años por una nueva democratización de la política a través de la universalización de internet y las redes sociales, donde parece estar uno de los espacios de batalla contemporánea, y no escondiéndose en las montañas o la selva.
Mucho y muy profundamente tendrían que cambiar las cosas para que en los ámbitos geográficos descritos resurgiera el apoyo significativo hacia la lucha armada. Las sociedades modernas, sin entrar a valorar si esto es bueno o malo, suelen estar menos pendientes de lo que les sucedió en el pasado y más de lo que les depara el futuro. Cosas de la mortales.















