Anna
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Tengo claro que todas las violencias tienen una causa. Soy consciente de que algunas violencias tienen una causa que puedo disculpar. Afirmo que no todas las violencias son iguales. Me parece una estupidez condenar las violencias, porque, sinceramente, prefiero eliminarlas. Y para eliminarlas hay que acudir a las causas.
Yo no soy española, pero no porque España me avergüence, sino porque soy catalana. Dicho esto, yo me avergüenzo de España, pero no porque sea catalana, sino porque es un estado fascista y violento.
No lo digo con ánimo de ofender. Reconozco públicamente que me siento orgullosa de una parte del pueblo español y que de igual modo me avergüenzo de una parte del pueblo catalán. Sólo constato un hecho. No creo que sea el lugar ni el momento indicado para hablar de la “transición” del dictador genocida a la monarquía del movimiento. Baste decir que seguimos en el franquismo, pero que ahora se nos permite ratificarlo cada 4 años.
Me gustaría remarcar una nimiedad del espíritu de la transición, que creo que es una causa importante de su violencia: los herederos del régimen fijaron el límite del ejercicio de las libertades públicas en todo aquello que atentara “a la unidad, independencia y seguridad del Estado”. Actualmente se amparan en su constitución como límite de todo debate y dan por sentado que las “nacionalidades” encuentran en ella todo el reconocimiento que pueden obtener. Su ejército es el único entre los paises “democráticos” que tiene como misión constitucional garantizar la integridad territorial del estado. España una, ante todo.
Siguiendo este espíritu, no es extraño encontrarse con que contra el nacionalismo “todo vale”. No he dicho terrorismo, he dicho nacionalismo. En el caso de Euskal Herria, porque “ETA mata con la excusa de exigir el derecho de autodeterminación de los vascos, así que todos los que defienden el derecho de autodeterminación de los vascos son etarras”. Y punto. La sociedad vasca padece un decaimiento moral. Y punto y aparte.
Pero como (por el momento) administrativamente soy ciudadana del reino católico (y así lo atestiguan mi DNI y mi declaración de impuestos), creo que tengo derecho a exigirle que deje de atentar contra “su pueblo”. Porque lo hace utilizando tanto su fuerza legal (fuerzas armadas, administración pública, medios de comunicación, tribunales y policías) como la ilegal. Este estado asesina, tortura y secuestra. Y no sólo eso, sino que aplaude y condona a sus asesinos, torturadores y secuestradores. Practica el derecho penal de autor, el derecho penal del enemigo, el derecho penal de la voluntad. Recorta libertades y garantías. Y encima tiene el cinismo de llamarse “estado de derecho”.
Precisamente ésa, la violencia de un estado contra sus ciudadanos, a los que además ha convencido de que es necesaria, es la más repugnante.