bannerbanner



Exijo el cese de la violencia

12.03.2010 (10:01 am)

Anna

Tengo claro que todas las violencias tienen una causa. Soy consciente de que algunas violencias tienen una causa que puedo disculpar. Afirmo que no todas las violencias son iguales. Me parece una estupidez condenar las violencias, porque, sinceramente, prefiero eliminarlas. Y para eliminarlas hay que acudir a las causas.

Yo no soy española, pero no porque España me avergüence, sino porque soy catalana. Dicho esto, yo me avergüenzo de España, pero no porque sea catalana, sino porque es un estado fascista y violento.

No lo digo con ánimo de ofender. Reconozco públicamente que me siento orgullosa de una parte del pueblo español y que de igual modo me avergüenzo de una parte del pueblo catalán. Sólo constato un hecho. No creo que sea el lugar ni el momento indicado para hablar de la “transición” del dictador genocida a la monarquía del movimiento. Baste decir que seguimos en el franquismo, pero que ahora se nos permite ratificarlo cada 4 años.

Me gustaría remarcar una nimiedad del espíritu de la transición, que creo que es una causa importante de su violencia: los herederos del régimen fijaron el límite del ejercicio de las libertades públicas en todo aquello que atentara “a la unidad, independencia y seguridad del Estado”. Actualmente se amparan en su constitución como límite de todo debate y dan por sentado que las “nacionalidades” encuentran en ella todo el reconocimiento que pueden obtener. Su ejército es el único entre los paises “democráticos” que tiene como misión constitucional garantizar la integridad territorial del estado. España una, ante todo.

Siguiendo este espíritu, no es extraño encontrarse con que contra el nacionalismo “todo vale”. No he dicho terrorismo, he dicho nacionalismo. En el caso de Euskal Herria, porque “ETA mata con la excusa de exigir el derecho de autodeterminación de los vascos, así que todos los que defienden el derecho de autodeterminación de los vascos son etarras”. Y punto. La sociedad vasca padece un decaimiento moral. Y punto y aparte.

Pero como (por el momento) administrativamente soy ciudadana del reino católico (y así lo atestiguan mi DNI y mi declaración de impuestos), creo que tengo derecho a exigirle que deje de atentar contra “su pueblo”. Porque lo hace utilizando tanto su fuerza legal (fuerzas armadas, administración pública, medios de comunicación, tribunales y policías) como la ilegal. Este estado asesina, tortura y secuestra. Y no sólo eso, sino que aplaude y condona a sus asesinos, torturadores y secuestradores. Practica el derecho penal de autor, el derecho penal del enemigo, el derecho penal de la voluntad. Recorta libertades y garantías. Y encima tiene el cinismo de llamarse “estado de derecho”.

Precisamente ésa, la violencia de un estado contra sus ciudadanos, a los que además ha convencido de que es necesaria, es la más repugnante.

El sexto continente

10.03.2010 (9:29 am)

Manuel Domínguez Moreno, periodista, escritor y poeta

La historia de algunos pueblos no es más que el relato continuo de un Exodo permanente a la búsqueda de unas señas de identidad, de un territorio, de una cultura o, si me apuran, de un Estado que le otorgue carta de naturaleza a sus legítimas aspiraciones en el panorama internacional y en el devenir del resto de las naciones del planeta. Su bien más preciado es la libertad y, casi en el mismo plano, la independencia. Tener la capacidad de decidir su futuro por sí mismo. Poder soñar con lo que quiere ser porque de esta manera comienza a hacer realidad sus pretensiones, a dibujar sus designios, a construir un proyecto, a concretar un propósito, a pergeñar una ambición, compartir un anhelo y mantener viva una esperanza cierta. La historia de la humanidad la protagonizan aquellos pueblos que han logrado que su legado perdure y se transmita de generación en generación.

Es la crónica de una supervivencia en la que han sobrevivido aquellos que nunca se sometieron a los elementos ni a las circunstancias, que no doblaron la cabeza y mantuvieron la frente alta ante los condicionantes de su Epoca y destrozaron paradigmas y modelos para crear otros nuevos, todos los hombres que nunca fueron esclavos de otros hombres ni renunciaron jamás a su memoria en la búsqueda inútil del tiempo perdido, en el intento vano de romper las cadenas que aprisionan el alma, amordazan el verbo y someten la conciencia. Nos podrán despojar de todo, pero seguiremos vivos incluso cuando no reste nada por hacer porque aún conservamos la palabra. Por más que se repita la historia, el futuro sólo pertenece a los que no pierden la esperanza y creen en el cambio entendido como una revolución. La globalización, ese cáncer que avanza conquistando territorios y destruyendo conciencias, propagando la enfermedad incurable de la intransigencia y convirtiendo la insolidaridad y la injusticia en pandemia, profundizando en la brecha moral y en el abismo que separa a ricos y pobres, sólo acerca a los poderosos de este mundo y si rompe algunas barreras es para que el dinero pueda circular libremente, no para que se construyan hospitales y escuelas. Una multinacional siempre optará por patentar la anhelada vacuna contra el sida antes que distribuir gratuitamente un genérico que acabe con la enfermedad.

Hombre rico y hombre pobre. Dictaduras públicas y dictaduras privadas. El fenómeno de la deslocalización salvaje que permite trasladar la producción Integra de fábricas rentables a países en los que la mano de obra es más barata. Niños explotados en talleres hasta la extenuación, cosiendo a mano el calzado deportivo y la camiseta que lucirán las estrellas galácticas del deporte en el circo romano de la televisión. Menores violados en paraísos de la prostitución donde acaudalados turistas del sexo viajan en primera clase y gozan humillando a personas que han sido despojadas de su condición humana pero que contribuyen con su sucia y lúbrica actividad a equilibrar la balanza de pagos e incrementar el Producto Interior Bruto de sus depauperados países de origen. Su nación es su estómago y su hambre es personal e intransferible. Prefieren arriesgar y perder la vida en el desesperado intento de alcanzar a cualquier precio el paraíso capitalista antes que sucumbir a una realidad que a fuerza de ser brutal y cruel se ha convertido en el infierno cotidiano. Prefieren la muerte antes que seguir alimentando un sistema que les niega el pan y la sal. Leer toda la entrada