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Zona de sombras

30.03.2010 (9:18 am)
Santiago Eraso

Los seres humanos renunciamos a parte de nuestra libertad para conseguir mayor seguridad. El control del uso atemperado de la violencia que el Estado ejerce para garantizar nuestros derechos y deberes es una cuestión central del ethos democrático. Tanto es así que, para que un régimen político pueda considerase democrático, las prerrogativas que concedemos al Estado para el ejercicio de la fuerza, siempre deben pasar por el estricto cumplimiento de la ley, porque su justa aplicación impide cualquier deriva autoritaria y modera las formas de coerción.

El equilibrio entre la utilización de la violencia legítima que ejerce el Estado y el respeto a todos los derechos de los ciudadanos es el pilar fundamental por el que se demuestra la verdadera esencia democrática de cualquier sistema político.

Biopoder es un concepto acuñado por Michel Foucault para referirse a un conjunto de tecnologías de dominación y control de la población que los Estados modernos aplican para la regulación y normativización de sus ciudadanos. En su libro Vigilar y castigar, el filósofo francés analiza las relaciones entre el poder y las personas y nos muestra como el Estado pretende convertir la vida humana en objeto administrable en todos los ámbitos donde la ley pueda ser aplicada.

Con anterioridad, el sociólogo norteamericano Erving Goffman, en su libro Internados, ya había desarrollado el concepto “institución total”, término acuñado para describir las condiciones de vida en las cárceles, psiquiátricos, internados escolares y otros espacios de reclusión. En la actualidad, por extensión del significado, también se emplea para describir centros de internamiento para extranjeros, centros de acogida para niños o menores y otras variantes más imprecisas, pero igual de reguladoras de la vida de algunas personas. Del mismo modo, otras medidas coercitivas como la ampliación del tiempo de estancia en comisaría, malos tratos físicos y psicológicos están siendo motivo de análisis y denuncia de diferentes organismos internacionales, vinculados a los Derechos Humanos.

Más allá de estas tecnologías de internamiento, otros sutiles mecanismos de invasión y vigilancia permiten que el biopoder alcance los rincones más privados de nuestra vida personal. Estamos entrando en sociedades de control, que ya no funcionan tan sólo mediante el encierro sino ejerciendo una vigilancia continua y una comunicación instantánea. Siempre y en todo lugar, estamos cada vez más “protegidos” y, por tanto, en nombre de nuestra seguridad, somos conminados a ceder al Estado nuestra libertad. Asistimos impávidos a que las zonas de sombras que rodean la democracia se extiendan a los umbrales de nuestros cuerpos. Vivimos cada vez más expuestos, sin que nuestra capacidad de reacción permita poner en cuestión la autoridad sobrevenida que actúa por encima y, demasiadas veces, por debajo de la ley.

En su trilogía “Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida”, Giorgio Agamben intenta demostrar que toda la historia jurídica de occidente constituye un intento de gestionar la vida humana, reduciéndola a nuda vida. La mayor y última consecuencia de considerar al hombre como mera vida, es que ésta puede ser aniquilada sin que el delito entre en la esfera de lo punible. Los campos de concentración de exterminio serían el paradigma de esta impunidad. Esta circunstancia límite somete a una dura prueba todos los referentes éticos válidos hasta el momento. El filósofo italiano intenta mostrar que los remedios humanistas -Declaración de Derechos Humanos, Declaraciones Internacionales por la Paz, etc.- son impotentes ante el extremo gesto de la biopolítica, y que sólo encarando ésta como realidad mundial, como cumplimiento paradójico de la promesa del desarrollo social y político de occidente, puede plantearse resistencia a cualquier deriva autoritaria.

La estación abandonada

25.02.2010 (12:39 pm)
Pablo Aretxabala, Hontza

Ahí sigue, a sus 51 años, sentada en un desvencijado banco del andeń nº 2 de la estación de Canfranc, esperando un tren que ya no llegará, un tren victorioso de banderas rojas revolucionarias e ikurriñas liberadas.

Ahí sigue esperando, en esa especie de cápsula detenida en el tiempo con forma de estación de la que ya no sale ni llega ningún tren porque sus vías ya no encajan con las que utilizan los trenes modernos, y porque ya nadie quiere pasar por Canfranc.

En el pasado unos pocos trenes pasaron por la estación, pero ninguno era el de la victoria y ella los dejó pasar todos y cada uno, esperando que el siguiente fuera el deseado, pero no, no era; y ahora se pregunta a escondidas de sí misma si no habrá tirado por la borda todo este tiempo, sino será cierto que fuera de la estación la vida sigue y que ya nadie la espera.

Son pensamientos dolorosos que tiene que acallar con firmeza; ahora no puede flaquear, después de tanto tiempo, pero… ¿y por qué no rendirse a la evidencia? ¿para qué seguir esperando un tren que en el fondo sabe que no llegará?… aún tiene vida por vivir y podría empezar de nuevo, intentar ser feliz otra vez, volver a su pueblo y tener compañía, amigos, quizá incluso una familia… quizá…

Hoy no, hoy seguirá esperando que llegue su tren soñado, pero quizá mañana reúna las fuerzas para hacerse cargo de su vida, salir a pie de la estación y… sí, quizá mañana.

Derecho a vivir, por tanto derecho a pensar

21.02.2010 (11:47 am)
Víctor Manuel Maeztu, Doctor en pedagogía y consejero
Víctor Manuel Maeztu, Doctor en pedagogía

No me da la gana de seguir la corriente del “pienso, luego existo”, me vuelvo a la contra y prefiero seguir la máxima opuesta: “existo, luego pienso”, y desde ahí puedo decir que “no por tener derecho a pensar tengo derecho a la vida”, si no que “primero tengo derecho a la vida y por tanto tengo derecho a pensar libremente”.

Y es que después de muchos años de experiencia vital y de pensamiento, he decidido vivir y pensar en contra de la corriente filosófica imperante en esta sociedad occidental desde hace varios siglos. Pues eso, que por mucho que piense que mi mesa es una castillo medieval, mi mesa sigue siendo un pedazo de madera y hierros en la que tengo que trabajar día a día, o sea que enseguida llego a la conclusión de que no es primero mi pensamiento, sino mi vida.  Porque en la medida que tengo vida puedo ver, oler, tocar, oír la mesa cuando la muevo y hasta chuparla si me apetece (aunque no me suele apetecer), o sea que las cosas están ahí y como estoy vivo puedo tener experiencias sensibles y detectar objetos con los que luego podré construir mi pensamiento.

De ahí (evitando doscientos folios de reflexiones filosóficas) concluyo que las cosas están ahí objetivamente, aunque esté ciego y nunca pueda pensar sobre ellas. Y precisamente una de esas cosas son los seres humanos que son los únicos que pueden hacer esta reflexión; es decir, que son los seres más elevados sobre todas las cosas, precisamente porque tienen pensamiento, con el cual pueden decidir libremente y actuar de una u otra manera, llegando a ser capaces hasta de amar, que me parece la actuación más elevada del ser más elevado de esta tierra.

Y como por fuerza hay que ser breve, tengo que ir concluyendo con lo dicho al inicio. Como estoy vivo y puedo pensar, pienso que todos los demás seres humanos tienen que tener el derecho a seguir vivos para seguir pensando libremente. Así que me parece “inhumano” que alguien coja una pistola y pegue un tiro a otro ser humano para que su pensamiento triunfe.  ¿Cómo va a triunfar tu pensamiento si no eres capaz de respetar la vida que hace que otro ser humano pueda pensar? Y aunque haga unos meses que no hayan matado a nadie,  su existencia como organización con el objetivo de destruir vidas humanas, sobra en esta tierra. Por eso quiero que vivan, para que lleguen a pensar que deben respetar el derecho a vivir de los otros. Todos, ellos incluidos, sólo estando vivos podrán tener el derecho a pensar libremente.

Libertad para los líderes de la Izquierda Abertzale tradicional

15.02.2010 (1:13 pm)

El pasado 13 de octubre el juez Baltasar Garzón ordenó la detención de destacados líderes de la Izquierda Abertzale tradicional como Arnaldo Otegi y Rafa Diez. Recientemente les ha comunicado su procesamiento. Al mismo tiempo, dirigentes de Batasuna encarcelados hace más de dos años han sido puestos en libertad bajo fianza con la expresa prohibición de participar en actividades políticas.

En estas circunstancias, Lokarri puesto en marcha una campaña para pedir su libertad con un doble objetivo: 1) exigir el respeto a las libertades democráticas básicas de los líderes de la Izquierda Abertzale tradicional y de este sector político en su conjunto y 2) reivindicar que cesen los obstáculos para que puedan definir una nueva estrategia política.

El texto de la petición dirigida a la Audiencia Nacional y a los Gobiernos Vasco y Central puede firmarse en la página de Lokarri.

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