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¿Cómo se contará esta historia?

18.11.2011 (12:25 pm)

Catedrático de Filosofía política y social, investigador “Ikerbasque” en la UPV/EHU y director del Instituto de Gobernanza Democrática)
Daniel Innerarity, Catedrático de Filosofía política y social, investigador “Ikerbasque” en la UPV/EHU y director del Instituto de Gobernanza Democrática)

La relación con el propio pasado es uno de los p roblemas más complejos e inquietantes con el que diversas comunidades políticas han tenido que enfrentarse en la segunda mitad del siglo XX. ¿Cómo se relacionan con su pasado sociedades que acaban de librarse de una extrema re p resión o salen de periodos de violencia? ¿Cómo formulan el cierre de ese pasado para que sea irreversible y, al mismo tiempo, no legitime la violencia? La resolución de los conflictos políticos violentos da lugar a una serie de discusiones acerca de la reconstrucción del pasado que son a veces tan intensas como el conflicto mismo. Parece que una vez resuelto el asunto principal queda todavía por hacer lo más difícil: todo aquello que tiene que ver con la reconstrucción del pasado.

Cuando hablamos del tema de la memoria no p odemos olvidar que existe una libertad para contar, que la memoria es plural. Está libertad se re f i e re tanto al trabajo de los historiadores como al relato común y popular. Las personas y los grupos sociales ord e n a m o s los acontecimientos complejos y que han tenido una gran carga emocional de manera muy diversa, a menudo contradictoria, de modo que en una misma sociedad coexisten interpretaciones dispares de idénticos acontecimientos.

Hay ocasiones en que las políticas de la memoria están hechas como si los pod e res públicos quisieran fijar definitivamente el sentido de los acontecimientos, olvidando que el pasado es siempre contro v e rtido. En una democracia la escritura de la historia sólo puede hacerse en un marco de pluralismo, bajo la mirada vigilante y crítica de diversas memorias paralelas que discuten. No corresponde al legislador fijar de manera autoritaria una regla para la interpretación del pasado.

Nuestra lectura de la historia es un trabajo nunca acabado y siempre problemático. El deber de la memoria ha de acompañarse de una aceptación de la complejidad histórica. No es lo mismo la verdad judicial que la verdad política o la verdad de los historiadores. De entrada, parece conveniente partir de lo que nos enseña la experiencia acerca del modo como los humanos combatimos y dejamos de hacerlo. No es p revisible, ni deseable, que las sociedades que han vivido un conflicto largo y profundo concluyan la paz con un relato común. En el caso del País Vasco, pienso que nadie ha formulado mejor que el llamado “Plan A rdanza” (1998) en qué podría consistir una salida viable y digna. No podemos olvidar que estamos intentando resolver un problema generado por quienes no han sido capaces de aceptar la voluntad mayoritaria de los vascos, desde la legitimidad democrática de las instituciones y sin que nuestras decisiones tuvieran como finalidad corregir una supuesta carencia de legitimidad. Aquel documento lo formulaba así: “no nos p reguntamos qué debe hacer la democracia para corregir sus supuestos déficits, sino qué puede y quiere hacer para superar la falta de integración que de hecho sufre la sociedad vasca. La legitimidad democrática del sistema no está en cuestión”.

Ahora bien, el relato oficial, público y, sobre todo, los principios sobre los que se asiente nuestro marco político y sus procedimientos de modificación no pueden legitimar el recurso a la violencia. El relato justo del pasado, por difícil que sea, nunca es un punto medio entre víctimas y verdugos. No se trata de imponer una “ v e rdad oficial” sino de establecer que la discusión acerca de nuestro pasado se lleve a cabo en el marco de los principios democráticos, de respeto, pluralidad, ilegitimidad de la violencia y reconocimiento de las víctimas. Siempre habrá historiadores que discutan y n a rraciones populares de todo tipo, hasta la extravagancia, pero el relato a partir del que se configuran nuestras instituciones debe recoger los principios éticos y políticos que son imprescindibles para la convivencia democrática.

El relato de la memoria

16.11.2011 (3:17 pm)

Dando continuidad al post de Joxean Agirre del pasado 7 de octubre, durante esta semana Procesodepaz.org publicará varios post sobre un tema de tanta transcendencia como es la construcción del relato de la memoria. Javier Merino (historiador y miembro de Bakeaz), Jonan Fernández (director de Baketik) y Daniel Innerarity (Catedrático de filosofía política y social, y director del Instituto de Gobernanza Democrática)  serán quienes aporten su reflexión en torno al tema.

Javier Merino, Historiador y miembro de la Escuela de paz de Bakeaz
Javier Merino, Historiador y miembro de la Escuela de paz de Bakeaz

La necesidad de re c o n s t ruir la convivencia en una sociedad, la vasca en este caso, después de un conflicto serio con graves expresiones de violencia obliga a un esfuerzo de elaboración de un discurso que sea capaz de ayudar a la necesaria reconciliación sin menoscabar la justicia y veracidad del relato explicativo del pasado. En este sentido, la experiencia relativamente reciente de la transición española a la democracia tras la muerte de  Franco puede ser útil de cara a extraer conclusiones sobre sus aciertos y errores. Treinta años después, se ha suscitado desde importantes sectores de la sociedad española la necesidad de revisar un discurso hegemónico caracterizado por la renuncia al análisis riguroso del pasado en aras supuestamente de pre s e rvar la convivencia pacífica; en el relato canónico, se impuso la condonación de los crímenes pretéritos bajo el rótulo general del rechazo a una violencia cruzada desatada en un contexto polémico. La resultante fue un discurso dominante reflejado en la frase «Todos fuimos culpables», con la consiguiente renuncia a la atribución de responsabilidades a quienes violaron los derechos humanos; en buena parte de los casos, esta perspectiva implicó una equiparación de víctimas y verdugos a tod a s luces injusta, y que constituye la razón última de la exigida revisión al cabo de varias décadas.

Volviendo al caso vasco, la responsabilidad de la tarea incumbe a toda la sociedad, pues el conjunto de la misma se ha visto afectado por la violencia (no de la misma manera, obviamente) y la convivencia futura va a estar marcada por la naturaleza del relato que se imponga; pero sin duda el liderazgo corresponde en primer lugar a los dirigentes políticos, elegidos por la ciudadanía para marcar la pauta de los debates políticos y morales que afectan al entramado social en el marco de un Estado de derecho. El discurso debe asimismo re f o rzarse con la labor de los expertos científicos, del tejido asociativo y del conjunto de instituciones, o rganizaciones políticas, sindicales y sociales en sentido amplio. La obligación compartida en esta tesitura es contribuir a la elaboración, en primer lugar, y a la difusión, en segundo, de un relato que tenga como prioridad la explicación y análisis del pasado, sin olvidos ni sesgos interesados, y que se marque como objetivo esencial la reparación moral de las víctimas, de tod o s aquellos que han sufrido directamente la violencia, lo que implica ineludiblemente la ausencia de impunidad.

Debe hacerse justicia, lo que no es incompatible con medidas de perdón encaminadas a la reconciliación siempre que se produzca el reconocimiento del daño causado, de la injusticia cometida en las personas afectadas y la firme voluntad de renunciar al empleo de la violencia. Se trata de premisas imprescindibles para reintegrar en el juego democrático a las personas o g rupos implicados en el pasado en actuaciones violentas, sean ellas producto de la acción terrorista de gru p o s a rmados o de la violación de derechos humanos cometida por personas vinculadas a las instituciones del Estado. Al igual que en las relaciones humanas, la superación de un pasado traumático no puede hacerse desde el silencio y el olvido; tanto como el respeto a las víctimas, lo exige el objetivo de una sociedad sana, que para serlo debe afrontar un futuro reconciliado desde el conocimiento, el análisis y la reflexión sobre un pasado complejo, pero al tiempo éticamente diáfano en cuanto a las violencias y abusos cometidos.

Echo algo de menos en el relato del fin de ETA

11.11.2011 (3:43 pm)

Esteban Umerez Argaia
Esteban Umerez Argaia, abogado

NOTA: Escribí el post que reproduzco a continuación, atendiendo a la amable invitación de procesodepaz.org, este pasado 6 de octubre, y lo envié en esos días. La vorágine posterior de la Conferencia de Aiete y la declaración histórica de 20 de octubre de cese definitivo por parte de ETA impidieron entonces su publicación, pues bastante trabajo tuvieron esos días los y las administradoras de esta web, y ahora procesodepaz.org me ha ofrecido la posibilidad de revisarlo tras los últimos acontecimientos.

Tras releerlo, he decidido dejarlo tal cual. Quiero seguir diciendo lo que decía entonces. Hablaba ya de relato y la palabrita se ha puesto de moda, pero la mantengo. Si acaso, añadiría alguna reflexión más, pues escribo esto en fecha de 11 de noviembre de 2011, siguiente al Día de la Memoria por las Víctimas, y en el que se publica una entrevista extensa a ETA en el diario Gara.

Una de las claves para construir un futuro decente (DRAE: Honesto, justo, debido), es que sepamos reconocer el sufrimiento padecido por tantas y tantas personas, golpeadas injustamente por actos violentos que durante demasiado tiempo han sido justificados de una u otra forma, por unos u otros agentes, por acción o por reacción, por ekintza o castigo merecido, por lo que sea. Esconder a parte de esas víctimas, separarlas para evitar equiparaciones o diluirlas en un reconocimiento genérico impide cerrar esas heridas, evita admitir completa y honestamente que también sufrieron daño y puede llegar a parecer, incluso, que aún oculta algún tipo de justificación. En cualquier caso, añade injusticia a la injusticia ya causada.

Por eso, en lugar del reconocimiento a todas las víctimas, propondría el reconocimiento a cada una de las víctimas. Cada una tiene una historia que debemos escuchar, a la que nos debemos enfrentar incluso cuando no nos gusta, y que debe recibir la reparación que merece.

Por lo demás, en el post de 6 de octubre me refería concretamente al fin de ETA, y quisiera mantenerlo en sus propios términos. Lo tenéis a continuación:

A octubre de 2011, estamos donde, hasta hace poco, éramos incapaces de imaginar que íbamos a estar. Leo el post que escribí para este mismo espacio en junio de 2010 y, aunque sigo sintiendo como propio aquello que decía, me doy cuenta de cuán lejos estaba entonces de imaginar los avances que se iban a producir en el siguiente año y medio.

Estamos cerca de presenciar el desmantelamiento definitivo de ETA. Todo lleva a pensar que, en efecto, la renuncia tajante de la Izquierda Abertzale al uso de la violencia y a la amenaza de su uso, y la apuesta firme por las vías exclusivamente políticas, nos sitúan en puertas de ese final. Sin cobertura social, empezamos a creer que es cierto que ETA ya está liquidada, y que sólo hace falta escenificar la disolución de lo que quede de la estructura militar de la organización armada.

Son muchos los análisis e innumerables las declaraciones políticas al respecto, cada vez más claras y positivas, pero, aprovechando que procesodepaz.org me vuelve a brindar la oportunidad de pronunciarme aquí, diré que echo de menos un punto que considero importante en el relato del final de ETA

El final de ETA se tiene que producir con el reconocimiento colectivo de que la lucha armada no ha servido para nada. Sólo para provocar dolor, sufrimiento y odio. No ha servido para la consecución de, ni para la aproximación a, ninguno de los objetivos políticos que pudiera pretender.

En 1959, un grupo de jóvenes agrupados en una formación llamada Ekin decidió pasar a la confrontación armada con España, a la vista de la represión padecida por su actividad, fundamentalmente cultural, de reivindicación de la identidad y la aspiración nacional vascas. En 1968 llegaron las primeras muertes con el Sargento Pardines y Txabi Etxebarrieta, y la primera acción directa, con Melitón Manzanas. Cientos de muertes más en los siguientes 40 años, de los que 10 fueron en dictadura y transición, y los 30 siguientes de enfrentamiento a un régimen democrático que, de forma más o menos contestable, ha demostrado tener capacidad para superar la amenaza.

En mi opinión, es importante que quede para la Historia el relato de que el pueblo vasco intentó la confrontación armada con España, y que ese mismo pueblo rechazó esa confrontación armada después, mucho antes de que ésta demostrara que no había servido para nada.

Creo que no podemos negar que ETA tuvo un importante apoyo social en la década de los 70 y comienzos de los 80, que fue menguando después y que ha sido definitivamente rechazada y condenada desde la década de los 90 hasta hoy. Por eso digo que nuestro pueblo intentó, y nuestro pueblo rechazó.

Pero es importante que quede destacado también, en ese relato, que el intento de confrontación armada no sirvió para nada. Aún escucho alguna voz que defiende que “sin ETA no estaríamos donde estamos”. Eso es una obviedad, sin ETA la Historia de Euskal Herria sería muy distinta, pero quienes eso afirman nunca explican dónde estamos, ni dónde estaríamos.

Bienvenida sea la apuesta por la utilización exclusiva de vías políticas para la consecución de objetivos políticos. Bienvenido sea el activismo pacífico. Y que sea así para siempre en nuestro pueblo. Nuestros hijos y nietas, en la Euskal Herria de dentro de unas décadas, harán lo que quieran, lo que crean conveniente hacer en la época que les toque vivir, pero al menos querría desearles que no repitan nuestra Historia, que sepan no repetirla. Y que alguien les cuente que la lucha armada no sirvió.

Para eso es para lo que creo que debemos ser honestos en el relato de este final de ETA

Me salen sarpullidos cuando oigo términos como “vencedores y vencidos”. Son ganas de perpetuar la confrontación en vano. ETA no ha doblegado a España, pero tampoco España ha conseguido en todo este tiempo asimilar cultural, social, política o afectivamente a Euskal Herria. Me atrevería a decir que ni siquiera España ha conseguido asimilarse política o afectivamente a sí misma. España también debería ser honesta con el relato de su propia Historia.

Pero ahora pienso en nosotros y nosotras, en la Euskal Herria que vamos a poder disfrutar los que no imaginábamos que íbamos a ver esto en nuestra vida, y la Euskal Herria que queremos dejar para nuestros descendientes. Si nos decimos a nosotros mismos la verdad, vamos a ser capaces de hacer bien las cosas. Ahora, y para el futuro.

Lealtades

23.06.2011 (8:42 am)

Asier Gallastegi
Asier Gallastegi Korapilatzen.com

A veces, y en estos tiempos de manera reiterativa, surge un análisis que habla de los barros de esta historia que nos atrapa. Las hipótesis suelen ser del tipo de “intereses creados”, “cálculos electorales”, “inercia”… No conozco demasiado la “cara B” de esta batalla, me parece curiosa y me interesa esa sensación compartida desde diferentes lugares, y colores, apuntando a una especie de barro que atrapa y no nos deja avanzar.

Uno puntos que igual otro ya había tejido con más destreza. ¡Cuánto peso tienen nuestros muertos!

Recuerdo una Nochevieja hace unos años en un pueblo de Bizkaia. Música clásica en la plaza del pueblo mientras proyectaban fotografías de presos de ETA. Lo que más me movía era la posibilidad de que alguna de las personas más jóvenes que coincidían en tiempo y espacio entendieran que las decisiones de las personas “proyectadas” puedan ser validas aquí y ahora y para sus vidas.

Para encontrar los que trafican con la memoria de los muertos por acciones terroristas no hace falta buscar, están en cada vez más televisiones y en el impulso de causas judiciales imposibles.

¿Cómo podríamos rescatar tanto dolor para construir? Es como si ahora mismo la memoria solo pudiera tener forma de arma arrojadiza. Una versión muy primitiva del honor a nuestros mayores. “Cómo vosotros sufristeis también nosotros con vosotros”. “¿Cómo voy a vivir a tope si mi padre murió entre un amasijo de hierros?”. “¿Cómo voy a disfrutar si mi madre lleva 20 años encarcelada a 800 kilómetros de los suyos?”

Y puede parecer absurdo. La mayoría de las personas por muy doloridas que se encuentren disfrutan de su cotidiano, ¡Claro! Hablo de las energías puestas en mirar al infinito, superar la inercia, saltar del barro, las conversaciones que se repiten, los análisis políticos estancados, …

No sé si aquí también podríamos decir algo así como “en vuestro honor vamos a construir una sociedad dónde las diferencias construyan”, “respetando lo que fuisteis y sois elegimos vivir a tope nuestra cultura sin miedo a futuros”… Vosotros/as sois vosotros/as y nosotros/as somos nosotros/as.

Y ahora con otra mirada y otro cuerpo, quizás más ligero, a seguir construyendo. Necesitamos recuperar la fuerza de mirar al futuro con todas sus posibilidades. Y vamos a hacerlo para honrar también la memoria de nuestros mayores y nuestras víctimas.