La paz femenina
25.11.2010 (9:41 am)
En las pasadas Jornadas de Noviolencia Activa de Bidea Helburu pude escuchar un interesante y necesario diálogo sobre si la noviolencia tiene género, si existe el sexismo dentro de los movimientos sociales. La respuesta, si me permitís, evidente, era que sí. Es necesario, como decía Mauge Cañada, que nos pongamos las gafas de género.
El título de ‘pacifistas’ no nos libera de la reproducción del modelo patriarcal que tenemos
programado hasta las entrañas. En los movimientos sociales esa reproducción se materializaría con ejemplos como: la presencia pública mayoritariamente masculina, la diferente credibilidad que se le otorga a la palabra de un hombre o la de una mujer (¿cuántas nos preguntamos cómo nos acogerían si tuviéramos barba?), la toma de decisión última que está a cargo de hombres, el uso del espacio físico o del tono de voz, el horario de las reuniones con relación a la conciliación laboral/familiar… Esto, por supuesto, se convierte en carga tanto para las mujeres como para los hombres que no están convencidas/os con la masculinidad o feminidad impuesta.
Personalmente, me preocupa este tema. Y me preocupa específicamente en el trabajo que nos concierne en relación a un proceso de paz irreversible y la construcción de una convivencia inclusiva.
Se ha escrito bastante sobre la participación de las mujeres en los procesos de paz. Incluso hay una resolución de la ONU que la recomienda. En el contexto vasco, ha habido alguna iniciativa o acercamiento teórico, pero hoy por hoy, la toma de decisiones políticas sigue estando exclusivamente a cargo de hombres. Y cuando digo hombres no me refiero al sexo, sino al rol que se le encomienda al hecho de tener uno u otro órgano reproductor. Me refiero a la mentalidad o las ‘formas de hacer’ masculinas y femeninas occidentales, que nos llevaría mucho espacio explicar. Al parecer, a las mujeres nos interesa menos la política. Es interesante la reflexión que hace Barbara Sichtermann en este sentido:
“Lo que causa repulsión a las mujeres dentro de la política es la distancia existente entre el impulso y el hecho, entre el hecho y el resultado, entre el resultado y el plan, que son típicos de la política; es el alejamiento del político de sus propias intenciones, lo formal y abstracto de los anhelos y proyectos; es el difícil conjunto de obligaciones impuestas, de la lentitud de las instituciones y de la competencia subjetiva en todos los casos, lo que en su conjunto actúa para la mente ingenua como la maldición del negocio político. A los hombres les atrae aprender, entender y romper las reglas de este juego, mientras que las mujeres se sienten intimidadas y aburridas y, además, sospechan, y con razón, que por su inclinación a hablar en forma directa no serán comprendidas en este sistema de referencias altamente formalizado que es la política”.
Por muchas leyes de paridad que se hagan, por mucho que nos forcemos a encajar a mujeres en el Parlamento o en las primeras filas de los partidos o movimientos, las ‘formas de hacer’, las estructuras, siguen siendo masculinas, y por tanto, sólo hay dos opciones para estar en las tomas de decisiones: masculinizarse, o movilizarse como tantas mujeres lo han hecho alrededor del mundo.
Por todo ello creo que es vital que exijamos que se abra la política a ‘formas de hacer’ plurales, donde tengan cabida las mentalidades racionales centradas en analizar jugadas de ajedrez y los hombres blancos con corbata, pero también las mentes creativas, empáticas, prácticas, tiernas, hiperactivas, emotivas, espontáneas… ¿No os parece que un proceso de paz tendría más garantías de ser irreversible y duradero si en las mesas de negociación hubiera todo esto? Que, incluso, ¿estaríamos en un proceso de paz duradero desde hace mucho tiempo?






