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RIP

14.05.2010 (10:03 am)

Pedro Urquijo Aguirre, educador

Cuando éramos niños en mi pueblo no debíamos de tener mucha conciencia política. Los mayores puede que la tuvieran, qué sé yo, pero los críos estábamos en otra honda. Lo digo porque en aquella época lo que más nos hinchaba del orgullo de ser vascos era el saber que Urtain también lo era. Se decía de él que en su caserío había matado a un burro de un puñetazo. Eso del burro casi nos entusiasmaba más que el campeonato de Europa de los pesos pesados que le ganó a Peter Weilland en 1970.

Por aquella época estaban ocurriendo otras cosas más importantes, ya lo sé. En diciembre de ese año, por ejemplo, comenzaba el proceso de Burgos. Las manifestaciones que se hicieron en apoyo a los procesados son las primeras que yo presencié. Tenía ocho años y de aquellos días guardo una sensación de miedo. Cuando la gente recorría en procesión las calles gritando frases que nunca habíamos oído me recuerdo a mí mismo refugiado en casa, temeroso de que lo que pudiera suceder.

Algunos han señalado que el régimen franquista utilizó a la figura de Urtain precisamente para distraer la atención de la gente de lo que realmente estaba pasando y proyectar una imagen del pueblo vasco distinta a la realidad y conforme a los tópicos del folclore popular. Es posible. Con los críos de mi pueblo desde luego lo consiguió. Cuando queríamos molestar a los maketos (éramos bastante racistas, y lo éramos sin complejos, esto formaba parte del estereotipo popular de vasquitos y neskitas del tardofranquismo) les pasábamos por las narices las hazañas de Urtain y la disputa quedaba zanjada. No debíamos de tener mucha conciencia política, pues no nos percatábamos de estar siendo víctimas de una manipulación.

En todo caso, fue una pena ver la decadencia de Urtain. Primero empezó a perder combates. Luego se metió a la lucha libre circense bajo el sobrenombre de El Tigre de Cestona, y por último estrellado contra el asfalto de una calle de Madrid. Deseamos que descanse en paz.

De paces

28.02.2010 (10:44 pm)
Joxerra Bustillo Kastexana
Joxerra Bustillo Kastrexana, jbustillo.blogspot.com

La visión de un grabado, en el que aparecía un cementerio con la inscripción “Paz perpetua”, llevó a Inmanuel Kant a escribir todo un tratado filosófico sobre la ausencia de guerras. Relacionar a la paz con la muerte y el silencio es una constante en nuestra cultura y de ahí la expresión “la paz de los cementerios”.

Digo todo esto para referirme al título de esta página, “Proceso de paz”, que no dudo cargado de buenas intenciones. No obstante, mirando a la historia, debemos convenir en que las situaciones de paz vienen a ser un paréntesis entre dos guerras. Un alivio ante la destrucción y el odio, ante la violencia y el abuso. Es por ello que situo el término Paz como una bella utopía a la que debemos aspirar en este pueblo vasco y en todos los demás pueblos del planeta. Entretanto prefiero hablar de paces con minúscula.

Sabido es que nunca conseguiremos alcanzar esa Paz perpetua (tal vez sea lo mejor), pero en el diario ejercicio de intentar conseguirla reside la clave de la convivencia a la que algún día llegaremos.

No voy a entrar en detalles sobre culpables, víctimas y pecados. Habrá tiempo para ello. En esta mi primera intervención en el foro al que he sido invitado, prefiero comenzar con propuestas positivas. Vengo de un espacio ideológico alternativo, tanto en lo social como en lo nacional, y en el soy. Desde que en la noche del 26 al 27 de septiembre de 1975, recién cumplidos los diecisiete, adquirí conciencia nacional y de clase, apenas he variado los fundamentos básicos de mi pensamiento.

Ahora bien, treinta y cinco años dan para mucho. Incluso para pensar en las equivocaciones cometidas colectiva o personalmente, que han sido unas cuantas. Probablemente sea ya tarde para enderezar todos esos yerros, pero aún estamos a tiempo de lograr que no se vuelvan a retorcer. Surgirán otros yerros pero, en todo caso, serán menos pesados de llevar al hombro.

Parece que se acerca el momento de hacer las paces, algo que el DRAE pone en equivalencia con reconciliarse. Si en los cementerios podemos oler los crisantemos, contemplar los ciclámenes y admirar los cipreses, todos ellos organismos vivos, ¿por qué seguir empeñados en releer las lápidas?