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Reflexiones sobre “Hablan los ojos”

23.10.2012 (11:50 am)

Mikel Casado (Miembro de Lokarri)

El pasado 17 de octubre, con motivo de la celebración del primer aniversario de la Conferencia de Aiete, tuve ocasión de ver el estreno del documental “Hablan los ojos”, en el que se ve dialogar, cara a cara, víctimas de un lado y otro del conflicto que parece haber visto el final definitivo. Como miembro de Lokarri que soy, me gustaría comentar un par de aspectos que el documental explicita, y que tienen gran importancia en cuanto a la forma de encarar el futuro. Al mismo tiempo, me gustaría que esos comentarios sirvieran como una aportación más para la comprensión del fenómeno. Esos dos aspectos son la reconciliación y el relato, y, por encima de ambos, el diálogo.

Creo que lo que en realidad está en juego es la verdad. Cada cual cree estar en posesión de la suya. Pero al mismo tiempo, el ser humano, es un buscador de la verdad. Pero, como la verdad no existe como absoluta, se tiene que conformar con verdades compartibles. Claro que para ello es necesaria la previa actitud positiva de acercarse a otras visiones. El estudio, la lectura, pueden ser formas de hacerlo. El diálogo es otra forma. Decía el filósofo Gadamer que, a falta de verdades absolutas, la verdad aparece en el diálogo. Y tal diálogo puede servir para la reconciliación y para el relato.

En cuanto a la reconciliación, el documental expone de una manera sencilla, nada pretenciosa, la magia que en algunos casos puede surgir del diálogo, del intercambio de ideas y sentimientos entre dos personas que en un principio podrían considerarse antagónicas e irreconciliables.

Pero claro, en el diálogo hace falta aceptar hablar y escuchar. Pero puede que a ese diálogo, a ese intercambio de ideas y sentimientos, aunque se acuda con buena voluntad, acuda alguien con la intención de no cambiar un ápice algunas de sus verdades, o de no dejarse llevar más allá de los límites previamente autoimpuestos. Es decir, que alguno de los interlocutores, por las razones que sean, no esté dispuesto a tocar algún aspecto que le resulte demasiado espinoso, doloroso o escabroso. Y puede que lo consiga. Y ello es respetable, mucho mérito tiene el exponerse, aunque pueda, a priori, ser mejor ir totalmente abierto.

Pero también es posible que, en el transcurso de la conversación, bien por las razones o sentimientos expuestos por el otro interlocutor, quien previamente no estaba dispuesto a pasar de una autoimpuesta línea roja, se vea superado por la situación y, liberado de alguna rigidez, sentirse más capaz de soltar ideas, emociones retenidas, y comunicarse más fácilmente, más humanamente, con quien tiene enfrente y comprenderlo, incluso de abrazarse. Es lo que tiene el diálogo, que no sabemos qué vamos a encontrar ni en los otros ni en nosotros mismos.

Creo que en el documental se ve algo de esto. Esta suerte de, llamémoslo magia, puede o no darse en ese momento, pero puede ocurrir en otro, si se está dispuesto a llevarlo a cabo. Se trata de intentarlo, cada diálogo puede no ser definitivo, pero sí puede ser una gota que va calando y formando parte de nosotros, de nuestra forma de ver el fenómeno, y haciendo más fácil la comprensión de los otros. Eso es algo que conviene a quienes han sufrido una u otra forma de violencia y a la sociedad entera.

El segundo aspecto que quiero comentar es el del relato. Parece que hay quienes ven preciso encontrar el relato total, la historia realmente sucedida en las últimas décadas. Como si tuviéramos que aceptar que sólo hay un relato y levantar acta de ello. Me parece a mí que esto tiene algo de reminiscencia religiosa, una especie de nostalgia de la verdad absoluta divina que, a pesar de haber sido arrumbada por el descreimiento, aparece de otras maneras. Buscar el verdadero único relato total o historia de lo acontecido en las últimas décadas es algo legítimo, aunque sea imposible. Pues no podemos esperar que haya un solo relato, ya que no hay un ojo superior absoluto, divino, que haya hecho una fotografía total, espacial y temporal, de la historia del conflicto

Se ha repetido hasta la saciedad que cada uno de nosotros, como individuos, conocemos (o creemos conocer) la realidad histórica a través de unas gafas invisibles, que no son otra cosa que los sentimientos, prejuicios o intereses. Por eso unos ven lo que no ven otros, o lo ven de diferente color. Decía Pascal que no sólo pensamos con la razón, también con las vísceras. Pues lo mismo ocurre al mirar la realidad. De modo que pueden escribirse tantos relatos como individuos perceptores. Aunque sí es cierto que el relato que alguien hace se puede parecer más a los relatos de otras personas que comparten afinidades ideológicas o los mismos tipos de sentimientos, prejuicios e intereses. Pero no hay un relato único verdadero que se pueda imponer al resto.

En el documental también se ve algo de esto pues se aprecia que entre los interlocutores no hay acuerdo sobre un solo relato, pero se está dispuesto a compartir el propio, exponerlo a los demás sin ánimo de imposición, pero sí dispuestos a, escuchando las versiones diferentes, hacer correcciones sobre el propio, ver verdades que antes no se habían tenido en cuenta, sufrimientos vividos por otros, sentimientos que no hemos vivido. Sólo tenemos retazos parciales, aristas más o menos imperfectas de lo ocurrido, que esperan completarse en un diálogo sincero, abierto, con unos y otros, duradero en el tiempo, casi eterno. Cada vez nos acercaremos más, sin llegar nunca a ello, a la verdad. Y en ese dialogar se facilita la convivencia, la reconciliación. Quizá lo más importante sea el camino más que el punto de llegada.

Por eso el documental es una oportunidad para descubrir el diálogo no sólo como instrumento sino también como contexto en el que nos acerquemos a reconciliaciones y a relatos compartidos.

A continuación puedes ver íntegro el documental “Hablan los ojos – Parlen els ulls”

¿Cómo se contará esta historia?

18.11.2011 (12:25 pm)

Catedrático de Filosofía política y social, investigador “Ikerbasque” en la UPV/EHU y director del Instituto de Gobernanza Democrática)
Daniel Innerarity, Catedrático de Filosofía política y social, investigador “Ikerbasque” en la UPV/EHU y director del Instituto de Gobernanza Democrática)

La relación con el propio pasado es uno de los p roblemas más complejos e inquietantes con el que diversas comunidades políticas han tenido que enfrentarse en la segunda mitad del siglo XX. ¿Cómo se relacionan con su pasado sociedades que acaban de librarse de una extrema re p resión o salen de periodos de violencia? ¿Cómo formulan el cierre de ese pasado para que sea irreversible y, al mismo tiempo, no legitime la violencia? La resolución de los conflictos políticos violentos da lugar a una serie de discusiones acerca de la reconstrucción del pasado que son a veces tan intensas como el conflicto mismo. Parece que una vez resuelto el asunto principal queda todavía por hacer lo más difícil: todo aquello que tiene que ver con la reconstrucción del pasado.

Cuando hablamos del tema de la memoria no p odemos olvidar que existe una libertad para contar, que la memoria es plural. Está libertad se re f i e re tanto al trabajo de los historiadores como al relato común y popular. Las personas y los grupos sociales ord e n a m o s los acontecimientos complejos y que han tenido una gran carga emocional de manera muy diversa, a menudo contradictoria, de modo que en una misma sociedad coexisten interpretaciones dispares de idénticos acontecimientos.

Hay ocasiones en que las políticas de la memoria están hechas como si los pod e res públicos quisieran fijar definitivamente el sentido de los acontecimientos, olvidando que el pasado es siempre contro v e rtido. En una democracia la escritura de la historia sólo puede hacerse en un marco de pluralismo, bajo la mirada vigilante y crítica de diversas memorias paralelas que discuten. No corresponde al legislador fijar de manera autoritaria una regla para la interpretación del pasado.

Nuestra lectura de la historia es un trabajo nunca acabado y siempre problemático. El deber de la memoria ha de acompañarse de una aceptación de la complejidad histórica. No es lo mismo la verdad judicial que la verdad política o la verdad de los historiadores. De entrada, parece conveniente partir de lo que nos enseña la experiencia acerca del modo como los humanos combatimos y dejamos de hacerlo. No es p revisible, ni deseable, que las sociedades que han vivido un conflicto largo y profundo concluyan la paz con un relato común. En el caso del País Vasco, pienso que nadie ha formulado mejor que el llamado “Plan A rdanza” (1998) en qué podría consistir una salida viable y digna. No podemos olvidar que estamos intentando resolver un problema generado por quienes no han sido capaces de aceptar la voluntad mayoritaria de los vascos, desde la legitimidad democrática de las instituciones y sin que nuestras decisiones tuvieran como finalidad corregir una supuesta carencia de legitimidad. Aquel documento lo formulaba así: “no nos p reguntamos qué debe hacer la democracia para corregir sus supuestos déficits, sino qué puede y quiere hacer para superar la falta de integración que de hecho sufre la sociedad vasca. La legitimidad democrática del sistema no está en cuestión”.

Ahora bien, el relato oficial, público y, sobre todo, los principios sobre los que se asiente nuestro marco político y sus procedimientos de modificación no pueden legitimar el recurso a la violencia. El relato justo del pasado, por difícil que sea, nunca es un punto medio entre víctimas y verdugos. No se trata de imponer una “ v e rdad oficial” sino de establecer que la discusión acerca de nuestro pasado se lleve a cabo en el marco de los principios democráticos, de respeto, pluralidad, ilegitimidad de la violencia y reconocimiento de las víctimas. Siempre habrá historiadores que discutan y n a rraciones populares de todo tipo, hasta la extravagancia, pero el relato a partir del que se configuran nuestras instituciones debe recoger los principios éticos y políticos que son imprescindibles para la convivencia democrática.

Relato: distinguir tres conceptos

17.11.2011 (1:27 pm)

Jonan Fernández, director de Baketik
Jonan Fernández, director de Baketik

El relato sobre el pasado es afrontamiento compart i d o de lo sucedido e implica dos tareas. Primera, desvelar los hechos, lo que conlleva el conocimiento y reconocimiento del daño injusto provocado a todas las víctimas; y segunda, valorar estos hechos; es decir, realizar una revisión crítica, ética y prepolítica de lo sucedido. Todo ello toma forma en los procesos de reconciliación de lo que se conoce como informes de «La verdad» o de «Nunca más». Documentos cuya elaboración debe ser coordinada por una personalidad o institución de consenso y que sirve de base a un proceso de reparación integral. El relato, la reconstrucción de una nueva mirada al pasado es la más delicada porque revive el dolor de las heridas producidas. Conviene hacer, al menos, tres precisiones que establezcan las diferencias que existen entre hechos, diagnósticos y valoración.

· Hechos. Deben integrarse todos los sufrimientos, víctimas y violaciones de derechos humanos. El conocimiento y reconocimiento del daño provocado se refiere a todas las víctimas y no solo a las que sentimos más próximas. En este punto se juega definitivamente la viabilidad o fracaso de un proceso de reconciliación. Es su línea roja. Si se traspasa no solo no es posible la reconciliación sino que mediante la exclusión se crean condiciones objetivas para nuevos conflictos. En este sentido, la revisión crítica del pasado lo es de todo el pasado y no solo del que resulta más conveniente.

En el caso vasco y desde los años 60, ETA y sus distintas ramas han causado el mayor número de víctimas m o rtales. Esto merece una valoración propia y específica destacada. No obstante, no todas las víctimas han sido provocadas por ETA. También estas y su sufrimiento deben ser integrados con pleno derecho en el relato y en el proceso de reconciliación. Necesariamente, junto al de ETA, deben afrontarse otros fenómenos como el terrorismo paraestatal o de extrema derecha, la tortura, las víctimas de excesos policiales y otras vulneraciones de derechos humanos.

· Diagnósticos. Debe aceptarse que habrá difere n t e s formas de interpretar lo sucedido. No es posible un diagnóstico político compartido sobre las causas o la génesis de los hechos que componen nuestra historia reciente. Curiosamente, el diagnóstico más compartido es que no hay un diagnóstico compartido.

· Valoración. No obstante, tenemos la obligación moral de compartir una valoración ética y prepolítica (una ortoversión). Se puede y debe alcanzar un acuerdo sobre lo que no debe volver a repetirse, el «nunca más». Existe un mínimo para un consenso posible: «Lo sucedido ocurrió porque hubo quienes antepusieron el valor de su causa u objetivo al valor de la dignidad humana. Ni una sola causa política o partidaria, ni ninguna razón de estado tienen un valor absoluto que pueda situarse por encima del respeto a la persona y a la vida».

Echo algo de menos en el relato del fin de ETA

11.11.2011 (3:43 pm)

Esteban Umerez Argaia
Esteban Umerez Argaia, abogado

NOTA: Escribí el post que reproduzco a continuación, atendiendo a la amable invitación de procesodepaz.org, este pasado 6 de octubre, y lo envié en esos días. La vorágine posterior de la Conferencia de Aiete y la declaración histórica de 20 de octubre de cese definitivo por parte de ETA impidieron entonces su publicación, pues bastante trabajo tuvieron esos días los y las administradoras de esta web, y ahora procesodepaz.org me ha ofrecido la posibilidad de revisarlo tras los últimos acontecimientos.

Tras releerlo, he decidido dejarlo tal cual. Quiero seguir diciendo lo que decía entonces. Hablaba ya de relato y la palabrita se ha puesto de moda, pero la mantengo. Si acaso, añadiría alguna reflexión más, pues escribo esto en fecha de 11 de noviembre de 2011, siguiente al Día de la Memoria por las Víctimas, y en el que se publica una entrevista extensa a ETA en el diario Gara.

Una de las claves para construir un futuro decente (DRAE: Honesto, justo, debido), es que sepamos reconocer el sufrimiento padecido por tantas y tantas personas, golpeadas injustamente por actos violentos que durante demasiado tiempo han sido justificados de una u otra forma, por unos u otros agentes, por acción o por reacción, por ekintza o castigo merecido, por lo que sea. Esconder a parte de esas víctimas, separarlas para evitar equiparaciones o diluirlas en un reconocimiento genérico impide cerrar esas heridas, evita admitir completa y honestamente que también sufrieron daño y puede llegar a parecer, incluso, que aún oculta algún tipo de justificación. En cualquier caso, añade injusticia a la injusticia ya causada.

Por eso, en lugar del reconocimiento a todas las víctimas, propondría el reconocimiento a cada una de las víctimas. Cada una tiene una historia que debemos escuchar, a la que nos debemos enfrentar incluso cuando no nos gusta, y que debe recibir la reparación que merece.

Por lo demás, en el post de 6 de octubre me refería concretamente al fin de ETA, y quisiera mantenerlo en sus propios términos. Lo tenéis a continuación:

A octubre de 2011, estamos donde, hasta hace poco, éramos incapaces de imaginar que íbamos a estar. Leo el post que escribí para este mismo espacio en junio de 2010 y, aunque sigo sintiendo como propio aquello que decía, me doy cuenta de cuán lejos estaba entonces de imaginar los avances que se iban a producir en el siguiente año y medio.

Estamos cerca de presenciar el desmantelamiento definitivo de ETA. Todo lleva a pensar que, en efecto, la renuncia tajante de la Izquierda Abertzale al uso de la violencia y a la amenaza de su uso, y la apuesta firme por las vías exclusivamente políticas, nos sitúan en puertas de ese final. Sin cobertura social, empezamos a creer que es cierto que ETA ya está liquidada, y que sólo hace falta escenificar la disolución de lo que quede de la estructura militar de la organización armada.

Son muchos los análisis e innumerables las declaraciones políticas al respecto, cada vez más claras y positivas, pero, aprovechando que procesodepaz.org me vuelve a brindar la oportunidad de pronunciarme aquí, diré que echo de menos un punto que considero importante en el relato del final de ETA

El final de ETA se tiene que producir con el reconocimiento colectivo de que la lucha armada no ha servido para nada. Sólo para provocar dolor, sufrimiento y odio. No ha servido para la consecución de, ni para la aproximación a, ninguno de los objetivos políticos que pudiera pretender.

En 1959, un grupo de jóvenes agrupados en una formación llamada Ekin decidió pasar a la confrontación armada con España, a la vista de la represión padecida por su actividad, fundamentalmente cultural, de reivindicación de la identidad y la aspiración nacional vascas. En 1968 llegaron las primeras muertes con el Sargento Pardines y Txabi Etxebarrieta, y la primera acción directa, con Melitón Manzanas. Cientos de muertes más en los siguientes 40 años, de los que 10 fueron en dictadura y transición, y los 30 siguientes de enfrentamiento a un régimen democrático que, de forma más o menos contestable, ha demostrado tener capacidad para superar la amenaza.

En mi opinión, es importante que quede para la Historia el relato de que el pueblo vasco intentó la confrontación armada con España, y que ese mismo pueblo rechazó esa confrontación armada después, mucho antes de que ésta demostrara que no había servido para nada.

Creo que no podemos negar que ETA tuvo un importante apoyo social en la década de los 70 y comienzos de los 80, que fue menguando después y que ha sido definitivamente rechazada y condenada desde la década de los 90 hasta hoy. Por eso digo que nuestro pueblo intentó, y nuestro pueblo rechazó.

Pero es importante que quede destacado también, en ese relato, que el intento de confrontación armada no sirvió para nada. Aún escucho alguna voz que defiende que “sin ETA no estaríamos donde estamos”. Eso es una obviedad, sin ETA la Historia de Euskal Herria sería muy distinta, pero quienes eso afirman nunca explican dónde estamos, ni dónde estaríamos.

Bienvenida sea la apuesta por la utilización exclusiva de vías políticas para la consecución de objetivos políticos. Bienvenido sea el activismo pacífico. Y que sea así para siempre en nuestro pueblo. Nuestros hijos y nietas, en la Euskal Herria de dentro de unas décadas, harán lo que quieran, lo que crean conveniente hacer en la época que les toque vivir, pero al menos querría desearles que no repitan nuestra Historia, que sepan no repetirla. Y que alguien les cuente que la lucha armada no sirvió.

Para eso es para lo que creo que debemos ser honestos en el relato de este final de ETA

Me salen sarpullidos cuando oigo términos como “vencedores y vencidos”. Son ganas de perpetuar la confrontación en vano. ETA no ha doblegado a España, pero tampoco España ha conseguido en todo este tiempo asimilar cultural, social, política o afectivamente a Euskal Herria. Me atrevería a decir que ni siquiera España ha conseguido asimilarse política o afectivamente a sí misma. España también debería ser honesta con el relato de su propia Historia.

Pero ahora pienso en nosotros y nosotras, en la Euskal Herria que vamos a poder disfrutar los que no imaginábamos que íbamos a ver esto en nuestra vida, y la Euskal Herria que queremos dejar para nuestros descendientes. Si nos decimos a nosotros mismos la verdad, vamos a ser capaces de hacer bien las cosas. Ahora, y para el futuro.


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